Ante esta situación de nuestro Estado

Ante esta situación de nuestro Estado



Iñaki Aginaga



(Traducción al Español de su texto original en Euskera titulado ‘Gure Erresumaren egoera honetan’, realizada por F.C.)



I


“En el devenir de los tiempos de la historia real, la conquista, la servidumbre y el saqueo conseguidos mediante las armas, y el reinado de la fuerza bruta: ésos son y han sido los ganadores de siempre. Según los libros sagrados, en cambio, lo son interminables cuentos de amor.” Cuentos falsos inventados para debilitar a las gentes desgraciadas, al servicio de los poderosos.

En este mundo, no son ganadores los Pueblos “buenos, hermosos, y de tierno corazón”, sino aquéllos que han aprendido a ser poderosos, ricos, duros y taimados. Las relaciones en la esfera de la política tienen su fundamento y objetivo en las grandes fuerzas que se dan entre las sociedades. Por tanto, los ordenamientos legales también lo están, puesto que se encuentran situados dentro de estas relaciones.

Quien no ha entendido esto ni siquiera sabe en qué mundo vive. Aun cuando actúe con un buen corazón, no es sino un sierve de los enemigos, para peligro y perjuicio de su propio Pueblo. Un Pueblo que se ha vuelto necio – o al que han vuelto necio – hasta ese punto no durará mucho en buen estado en un mundo como éste. Las sociedades más inteligentes – vecinas o lejanas – lo devorarán y aniquilarán lo más rápidamente posible, según dicta la ley de selección natural. Todo puede hacerse con halagos o adulaciones, abrazando lo mejor posible las manos, los pies o incluso el trasero de los poderosos, cuanto más malvado y despiadado sea el enemigo. Puesto que desde ahí mismo ve con total claridad hasta qué punto una sociedad así es débil, incapaz, mediocre y fácil de ser aniquilada.

“La violencia de todas clases” es condenada cada día, en palabras, por gobiernos armados hasta los dientes, tras haber conseguido1º y conservado un poder total mediante una violencia sin límites. “Incluso los objetivos más hermosos, justos, excelentes y amables no valen una sola gota de sangre”, dicen. No sólo gotas sino ríos de sangre es lo que han derramado y siguen derramando esos malhechores; y tales farsantes están prestos a derramarlos de nuevo.



II


Habiendo estado el Pueblo Vasco enraizado desde siempre en estos territorios, los antiguos Vascos supieron muy pronto y bien que no hay sociedad, ley ni derecho que no estén fundados mediante la violencia. Por lo tanto, que era por ese mismo camino como debían conseguir y asegurar la libertad que tanto necesitaban.

“Cuando se extendieron por Europa, los Indo-Europeos hicieron retroceder por medio de la fuerza a los primeros habitantes, expulsando de sus territorios a Vascos y Lapones”. “Curiosa raza ésa la de los Vascos, cazada y expulsada por los Arios”, que se presentó a veces en una “excelente raza de montañeses”; pero, la mayoría de las veces, como una maldita raza salvaje, asesina y ladrona. Pronto se dieron cuenta los forasteros de cuán malvados y carentes de valía eran los habitantes de aquí. Los mismos insultos que oímos y leemos contra este Pueblo, se oyen y se leen igualmente por todo el mundo cuando se quiere someter y aniquilar a alguna sociedad determinada.

“Sus rostros feroces y salvajes y los gruñidos de su bárbara lengua, infunden terror en el alma de quien los contempla.” (Codex Calixtinus; c. 1140.) “Pues bien, aun cuando los ahora pacíficos Vascos lo han olvidado, según parece, por dos veces nuestros antepasados fueron el terror de sus vecinos del Norte y del Sur: la primera vez, cuando los montañeses de Nabarra arrasaron, devastaron y se adueñaron de las regiones de más allá de los Pirineos hasta el río Garona e incluso más allá; y la segunda, cuando, con el pretexto de la reconquista de Hispania, construyeron el Estado Nabarro en contra de los Africanos... pero también en contra de los vecinos cristianos. Éstos son los acontecimientos principales de nuestra historia moderna; gracias a ellos, sobre todo, tenemos derecho a enorgullecernos del nombre de Vascos, puesto que nos hace ver que hemos sido un linaje robusto e inteligente”, etc. (Jon Mirande; ‘Euskaldungoaren etsaiak’, número 23 – Abril-Junio 1953 – de la revista ‘Gernika’.)

Sea como fuere, si bien nuestros antepasados no nos han legado grandes riquezas ni ilimitados tesoros científicos, aun así hemos recibido de ellos, entre otras cosas, el permanente amor por la libertad, así como también un insaciable odio contra los enemigos de ésta.

A medida que el despotismo de Roma se iba debilitando, los bárbaros germanos “revitalizaron Europa”. Para ello, “aportaron la fuerza vital y los impulsos renovadores que resultaban de su barbarismo”. “Impulsados por su deseo de libertad y su tendencia de democracia”, “suavizaron la autoridad que tenía el padre de familia, y otorgaron a la esposa un lugar elevado que nunca había tenido en el mundo clásico”. “Aquellos bárbaros concedieron a la clase de campesinos sometidos las sólidas asociaciones locales que los antiguos esclavos y los trabajadores modernos no encontraron; si bien aún tuvieron que padecer la servidumbre más dura de la Edad Media.” “Aunque en el mundo antiguo nunca se vió una rebelión victoriosa para acabar con la esclavitud, los siervos medievales ganaron poco a poco su libertad de clase, gracias al barbarismo de los germanos”. “A pesar de que aquellos cuatrocientos largos años parecieron externamente tan estériles, produjeron al menos un gran origen: las naciones modernas, unas nuevas organizaciones y construcciones para la historia de Europa”.

Algunos otros Pueblos “bárbaros y salvajes” impidieron que se extendiera sin límites el Despotismo Asiático – u Oriental – que de nuevo estaba dominando sobre el occidente de Europa. Por medio de su incesante lucha en favor de la libertad, cumplieron un cometido especial para la historia de todos, abriendo así la época feudal y, al mismo tiempo, sentando los fundamentos de una nueva democracia. Entre ellos estaban también los Vascos.

“Desde su aparición en la historia, una intratable y singular lucha por la independencia fue el signo distintivo de los Vascos. Los Romanos no los sometieron nunca por completo, los Visigodos tampoco, los Musulmanes todavía menos.”Tras haber realizado el gran ensayo que significó el denominado “Ducado de Vasconia”, había llegado la hora de establecer otro Estado más sólido. Quienes habían resultado vencedores en “Roncevalles” parece que entendieron bien la necesidad de ello, así como la capacidad para lograrlo. “Una vez más demostraron los Vascos su capacidad para vivir por sí mismos, y a finales del siglo VIII o a principios del IX, como muy tarde, habían construido su propio y sólido reino.” “Los Vascos de los Pirineos centrales, a los que se llamaba Navarros, vivían de manera independiente en sus valles. También ellos, finalmente, dotándose de una nueva constitución, crearon su propio reino, que aparece claramente hacia el año 900.” El Estado Vasco construido sobre aquella monarquía sigue siendo el nuestro, puesto que los vascos no hemos aceptado ni reconocido ningún otro. Ése es también hoy el único Estado de la nación vasca.

En aquel mundo cambiante, no era cosa sencilla el conservar y cultivar relaciones estables con los vecinos, aun teniendo en la Dieta Imperial de Triburg (887) el reconocimiento mutuo de los Reinos que allí intervinieron. El Reino de Pamplona se mantuvo hasta que en 1162 el Rey Sancho VI el Sabio dejó de titularse Pampilonensium Rex (Rey de los Pamploneses) para pasar a ser Rex Navarrae (Rey de Nabarra).



III – Feudalismo


Todavía hay debates sobre qué y cómo ocurrió lo que impulsó y configuró el enorme cambio del mundo occidental, iniciado en la Alta Edad Media (1000-1300).

Bajo las condiciones del orden feudal, un equilibrio de fuerzas, una seguridad, y ciertas libertades especiales se estaban logrando en algunos Países de Europa. En aquél que – según se cree – fue considerado un “periodo obscuro”, entre los siglos octavo y decimotercero, ocurrieron notables invenciones que hicieron que el laboreo de las tierras, la artesanía y el comercio se tornaran cada vez más productivos. En muchos lugares, la cría de ovejas fue la actividad más extendida. Cuando los talleres textiles aumentaron, la demanda de lana se hizo cada vez mayor.

Aunque hubo siempre luchas entre las clases, las ciudades y los Estados, no obstante los cambios necesarios encontraron su camino. Porque, si se les exigía o quitaba demasiado, los siervos huían a otros territorios o bien a nuevas ciudades que estaban creciendo, en busca de una mejor vida y de libertad. En consecuencia, la servidumbre en sí misma se debilitaba, puesto que ni siquiera los grandes propietarios tenían interés en conservarla. El modelo de trabajo de los siervos, que hacía tiempo se extendía también en las poblaciones rurales, en cierta medida era la compra-venta de fuerza de trabajo. Los derechos de los propietarios fueron cambiando y adaptándose a una nueva necesidad de economía más productiva.

Junto a la lana y a los vestidos de lana, el vino ocupó en aquel entonces la mayor parte del comercio marítimo, hasta el punto de que de ello surgieron las leyes marítimas del norte. La lana y el vino fueron, así pues, caloríferos para los cuerpos, estimulantes para las almas, y generadores de leyes.

Superando los pequeños mercados locales, comenzaron a celebrarse las grandes ferias. Allí se mostraban y se producía la compra-venta de productos traídos de todos los Países, y se reunían para ello mercaderes de todas partes. Por otra parte, se eligieron lugares especiales para hacer las cuentas dinerarias y pagar las deudas. Las ferias de Champagne se convirtieron, rápidamente, en “el mercado financiero de Europa”. Desde allí se difundieron nuevas formas de hacer uso del dinero inventadas por los Italianos. También la Iglesia estableció sus prohibiciones. “Un hecho de gran importancia fue que todas las ferias estaban abiertas para todos los mercaderes, e igualmente lo estaban todos los puertos para los barcos de cualquier origen.” “En los siglos décimo-segundo y décimo-tercero, sólo las ferias de Champagne atrajeron a los mercaderes de toda Europa.” “Eran las ferias más importantes situadas a mitad de camino entre Italia y Provenza hasta el litoral de Flandes.”

No obstante, fuera de las ferias, la libertad para trabajar y organizarse, y para inter-cambiar los productos del trabajo, estaba muy limitada, impuesta por los estrechos límites establecidos por los reyes, los gobernadores de las ciudades, los grandes mercaderes y las corporaciones. Cada uno de ellos se esforzaba por apalabrar el mercado en su propio favor. “Allí mismo residía la clave del poder monopolista, en la capacidad de restringir la entrada al mercado.” Existían espacios de libertad en las ferias periódicas; pero en el siglo décimo-tercero comenzaron a debilitarse debido a nuevas condiciones. La región de Champagne, caída bajo el dominio del Rey de Francia, debió pagar pesados impuestos desde entonces por sus ferias. Los comerciantes urbanos siempre organizaban mercados especiales, “como ya había ocurrido primeramente en Italia”. En el siglo XIV, si no no en el XIII, la ruta norte-sur comenzó a hacerse por mar, ya que en gran medida el comercio no pasaba por el interior de los territorios. Las transacciones monetarias se hacían a distancia. Pero los gobiernos y las corporaciones intentaban al mismo tiempo restringir la libertad de los mercados, apropiándose de las ventajas de los monopolios. [P: 102.]

La aparición del capitalismo se preparó “desde dos caminos diferentes”. Uno, impulsado desde el interior de la producción; el otro, desde el poder de los grandes mercaderes.

De ahí parece ser que surgieron las primeras relaciones del capitalismo. E, inevitablemente, comenzó a aparecer una nueva clase de trabajadores, hacia la época final del siglo décimo-cuarto.

Dado que el trabajo textil estaba muy dividido y especializado, para poder modificar de algún modo las estrechas normas de las corporaciones, y simplificar e impulsar la organización del trabajo, aparecieron nuevos capitalistas y trabajadores. Siempre estaban los nuevos empresarios esforzándose para escapar del poder de las corporaciones. Inevitablemente, también llevaban los talleres fuera de las ciudades, a las poblaciones rurales de los alrededores. [Douglas C. North & Robert P. Thomas: “The Rise of the Western World: A New Economic History”, 152; Marx: 193.]

Por otra parte, “los grandes talleres trabajaban para los mercaderes internacionales. De estos mercaderes obtenían la materia prima, trabajaban para ellos, y a ellos les entregaban el producto manufacturado. De los empleadores obtenían el sueldo por su trabajo, nada más”. “Los maestros de los gremios eran oprimidos por los empleadores que les daban trabajo; y, a su vez, se veían obligados a oprimir también a los aprendices y a los asalariados.”

Las ciudades habían ido adquiriendo cada vez mayor poder. “El poder estaba en manos de la alta burguesía, puesto que los dirigentes de las ciudades se extraían de entre esos capitalistas.” “Cada ciudad era en sí misma como un pequeño Estado propio.” “Según el punto de vista de aquellos burgueses, el campo estaba para ser aprovechado en servicio de ellos, para nada más.”

“Las grandes ciudades se apropiaron del derecho exclusivo, prohibiendo a los talleres de las poblaciones rurales trabajar manualmente los materiales más demandados.” “Incluso se enviaban grupos armados a las aldeas vecinas, que rompían o se llevaban los telares y los batanes.” Las mujeres de los alrededores de las ciudades tenían que hilar la lana para los talleres de la ciudad.

Los mercaderes que pasaban por las ciudades estaban obligados a mostrar y ofrecer sus mercaderías, antes de seguir su viaje más adelante. Tanta era la fuerza que habían conseguido las ciudades. “En esto, como siempre, el mercader sólo podía ver el beneficio inmediato.” “Might is right [El poder constituye el derecho]; ésa es la norma que se aplicaba en todas partes.”

Los habitantes de Europa aumentaron muy rápidamente, quedando abocados a los benditos ciclos malthusianos y provocando una escasez relativa de alimentos. Una vez que las mejores tierras, las más fáciles de cultivar, las más cercanas a los mercados se acababan, también debían ser trabajadas las de menor calidad. “El arado dominó ciénagas, colinas y bosques.” Los alimentos que llegaban del este se difundieron en el mercado local. Con menores rendimientos y ganancias de la tierra, intentaron aprovechar la tierra, el trabajo y el dinero de otras maneras. La demanda y el dinero de las clases altas se dirigían hacia la producción artesanal y los bienes de los talleres de manufactura. Los salarios del trabajo disminuyeron; pero los precios de la tierra y de sus productos aumentaron, en comparación con todo lo demás.

Como las condiciones medievales se mantenían siempre en vilo, los viejos y nuevos pleitos y resentimientos se ampliaron y agudizaron. A partir de un momento dado las viejas leyes ya no servían para resolverlos, y nadie conocía las nuevas. Incluso con la mejor voluntad, no sabían qué maldita ley había que conservar, suprimir o establecer. Las autoridades y sus representantes, las ciudades, los antiguos nobles y los nuevos burgueses, las corporaciones, los ricos y los desposeídos, los mercaderes, los trabajadores de talleres y los campesinos, todos ellos estaban incómodos y por tanto amotinados los unos contra los otros, por el temor de perder y el deseo de conservar las ventajas que ya tenían, y con la intención de conseguir las que aún no tenían.

En algunos lugares, las cosas no resultaron demasiado mal. Los grandes mercaderes unidos en la Hansa, los prudentes y acaudalados dirigentes de Venecia, y la monarquía de Inglaterra, intentaron preservar el equilibrio y los intereses de todas las clases. Por ese camino, eliminaron, calmaron o suavizaron el deseo de rebelión de los campesinos y de los trabajadores de los talleres.

“Por cierto, en las extensas ciudades industriales de los Países Bajos, en las orillas del río Rhin y en Italia, comenzaron a estallar las rebeliones de las ciudades”, al no poder soportar el pueblo los excesos del gobierno. “Para ese fin, todos eran bienvenidos: los ricos y los pobres, los miembros de las corporaciones y los trabajadores asalariados, así como los mercaderes que estaban situados fuera de sus asuntos.”

Los campesinos y los trabajadores de las ciudades eran mucho más abundantes, cuando ocurrían las persecuciones; no obstante, se mostraban incapaces de producir las condiciones que se necesitaban para resultar victoriosos. Su organización era muy ligera; su resistencia, de corta duración. A menudo, o al menos en las grandes crisis, no sabían de dónde les venían los perjuicios ni qué camino debía tomarse para ponerles remedio. De algún modo, querían cambiar o destruir por completo el modelo de sociedad, querían decidir qué y cómo debía ponerse en su lugar, pero no tenían una gran idea al respecto. En aquel mundo – y también en el actual – los que andan de esta manera siempre resultan perdedores. En la Edad Media, aquéllos podían tener pretextos para no tener conocimientos e información al respecto; en la nuestra, nosotros no tenemos ninguno.

“Sin que ello sea exagerar podemos decir que en las orillas del río Arno, al igual que en las del Escalda, los revolucionarios intentaron instaurar la dictadura de los trabajadores en contra de sus adversarios.”

Desde los comienzos del Siglo XIII se hicieron visibles las tempranas señales de una gran pérdida. Durante la larga era de cambios que vino a continuación, los jinetes del Apocalipsis, cabalgando por encima del mundo occidental, extendieron por todas partes guerra, hambre y peste, matando a la gente como si fueran moscas.

El orden feudal estaba deteriorándose, incapaz de adaptarse a estos grandes cambios de guerra y paz, económicos y políticos. Nuevas guerras – mayores aún – internas y entre los Estados se desencadenaron, para rémora de toda la economía. “Los Europeos occidentales difundieron un fértil sistema de laboreo que acababan de descubrir, en doscientos años llenos de grandes guerras y luchas civiles.” Los nuevos métodos bélicos moldearon una nueva política. Primeramente, los contingentes de Flandes armados con picas superaron a los caballeros de Francia. También los soldados de Gales utilizaban un arco largo mejorado. La ballesta resultaba ser también superior en las ciudades de Italia. Pero las cosas cambiaron cuando los cañones se ampliaron y mejoraron, puesto que eran capaces de destrozar las murallas e incluso las torres de los castillos y ciudades. Así pues, la caballería pesada y recubierta de hierro consolidó el feudalismo; a continuación, los soldados de a pie que manejaban arcos y largas picas lo debilitaron; y finalmente, los cañones de los reyes lo aniquilaron. Así, la guerra que venía se hizo cada vez más cara, y el poder del Rey se hizo mayor, así como los impuestos.

“Una vez terminada la época de calor de la temprana Edad Media, se estableció a través de Europa un periodo de intenso y húmedo frío: la llamada ‘Pequeña Edad del Hielo’ (1315-7).” La consecuencia de aquel clima fue perniciosa para las labores de labranza y las cosechas, se produjeron grandes hambrunas, desfallecimiento de los seres humanos, disentería y fiebres.

Durante los años 1315-17 espantosas hambrunas devastaron a todos los Países de occidente. “Según parece, causaron mayores pérdidas que cualesquier desastre anterior.” El hambre, la guerra y la habitual suciedad prepararon el camino para la peste. La epidemia conocida como la “Peste Negra”, proveniente de regiones cálidas meridionales donde proliferaban ratas negras, se extendió por todos los Estados (con un pico entre los años 1347-51). Aproximadamente murió hasta un tercio de la población. “De entre todas las pestes que se registran en la Historia, aquélla fue sin discusión la más espantosa.” Una y otra vez volvió a aparecer a través de los siglos posteriores, combinada con otras temibles pestes.

“Los microbios de la Peste Negra trajeron en unos pocos años una libertad que las mentes más audaces del siglo XII nunca podrían haber imaginado.” De alguna manera, aquella espantosa peste revolucionaria liberó a los últimos siervos, si es que habían sobrevivido, poniendo la gente, el alimento, la tierra y las condiciones laborales patas arriba, y alejándolos de las limitaciones de Malthus para toda una época. Pero las consecuencias de la peste, aun siendo grandes, “no fueron tan revolucionarias como se había pensado durante mucho tiempo”. “La Muerte Negra aceleró tendencias que ya estaban en marcha con anterioridad.” Por otro lado, “en Inglaterra ayudó a enriquecer y liberar a los campesinos, mientras que en Francia ayudó a empobrecerlos y hacerlos siervos completos”.

Entre otras muchas condiciones nuevas y entremezcladas, todavía no sabemos con certeza cuáles fueron, dónde comenzaron y terminaron, y en qué orden aparecieron, tales fiebres. En este tema, las discusiones entre los investigadores no están cerca de quedar agotadas.

En otros lugares, los propietarios de la tierra no podían conseguir el dinero que querían para el mercado y para la guerra. De nuevo la vida de los campesinos se hizo más apurada. En los Países del Este comenzó la “Segunda Servidumbre” (siglos XV-XVI).

Por consiguiente, el precio del trabajo subió por comparación con el de la tierra. Los productos de la tierra se hacían más baratos; los de los talleres, más caros. La propiedad de la tierra adoptó nuevas formas. Cuando la nueva industria textil se expandió, la demanda de lana creció sin límites. Entonces también las tierras de labranza comenzaron a dedicarse a pasto para ovejas.

Después de la Guerra de los Cien Años (1337-1453), los reinos feudales de Europa decayeron pronto. Después de todo, “orden feudal estaba acabado por la misma fuerza de su éxito”. “El orden económico capitalista se origina en el vientre del orden económico feudal.” Acelerando todos los cambios, la violencia fue “la partera de la sociedad anterior”. “El capital vino al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza a los pies.” “La fuerza en generadora de la economía”, al igual que lo es también la libertad. Cuando los grandes poderes de la política se moderaron y dividieron, progresaron las fuerzas para la democracia.

A pesar de todo, las cosas comenzaron a mejorar muy lentamente a partir del siglo XV, aunque la hambruna, la peste y las guerras retornaron siempre una y otra vez. En los últimos años de ese siglo, y a comienzos del XVI, aquel lastimoso mundo se calmó en cierta medida. “El siglo XVI la ausencia de epidemias nos muestra, tal vez, cosa sorprendente. Las hambrunas no fueron muy grandes, comparadas con las del siglo anterior. Por otro lado, las guerras ocurrían con tanta frecuencia que, considerando todo el siglo XVI, sólo pasaron veinticinco años sin combates de gran magnitud. Sin embargo, en conjunto parece que la población se expandió y extendió.”

En el Siglo XVII, comenzaba una nueva cadena de desgracias a partir de un frío terrible que pudría los frutos de la tierra antes de madurar, congelaba y cortaba los ríos y las rutas marítimas, estableciendo nuevamente las condiciones de base para nuevas hambrunas y epidemias, siempre con la ayuda de guerras y suciedad. De alguna manera las guerras eran interminables. “A diferencia del siglo XIV, en el que no ocurrió así, cuando en el XVII los mensajeros de la muerte vinieron a esta Europa occidental, no fueron golpeados todos los Países con igual fuerza y las mismas consecuencias.” Una vez pasadas las guerras de religión, la devastadora Guerra de los Treinta Años (1618-48) arruinó los Estados europeos, que – según la opinión de algunos investigadores – en las regiones centrales perdieron hasta el 40 por ciento de sus habitantes. Los soldados causaban enormes estragos, sobre todo entre los habitantes rurales, al mismo tiempo que propagaban hambre, peste y otras enfermedades.

Sin embargo tales cosas no ocurrieron en todas partes por igual; a pesar de que, desde la perspectiva de la historia comparada, frecuentemente se perciben similitudes y elementos comunes. “En Holanda, las condiciones cambiantes condujeron a una mercantil. En Inglaterra, y una vez pasados los años de luchas internas, a colocar el Parlamento por encima de la Corona. Y en ambos casos, a un crecimiento económico sostenido.” Al conciliarse las asociaciones humanas tras haber estado separadas y divididas, del mismo modo se conciliaron también las religiones y todas las formas de pensamiento. “La verdad tenía muchos puntos de vista, a menudo era relativa. Las Naciones que fueron capaces de incorporar y aprovechar esta enseñanza son las que tendrían futuro para sí mismas.” “En Francia y España, de forma gradual, el poder del rey fue dejando de lado el poder de los Consejos de representantes y se erigió en agente productivo, causando el hundimiento de la actividad económica. El declive resultó relativo en el caso de Francia; en cambio en España ocurrió un desplome absoluto.”

En la gran Isla “bendecida por los dioses” sus habitantes, que tenían a su favor el sentido y la fortuna de la historia, tuvieron aun así necesidad de hacer un largo camino de setecientos años para pasar del feudalismo a la democracia moderna. Pero ¿podría el despotismo asiático u oriental transformarse por sí mismo? Sea como fuere, está claro que, en los Estados que – a lo largo de los siglos – han permanecido bajo ese régimen, no se produjo la política que era necesaria para adecuarse a la nueva época.

Desde el siglo XVIII en adelante, de nuevo fueron cambiando las condiciones generales del sistema económico. El calentamiento del clima de aquel periodo, las innovaciones técnicas y la expansión del comercio, la gestión de la economía – al menos en parte – desde la perspectiva de la fisiocracia, trajeron una abundancia nunca vista; condiciones todas ellas en el sentido de ir mejorando la situación del pueblo. Por lo tanto, al ir debilitándose gradualmente las trabas para el trabajo, comenzaron a aparecer las condiciones sociales para nuevas clases trabajadoras. Mejores garantías y contrapesos entre los Estados, una mayor paz y nuevos límites y leyes de la guerra: en ello residía el fundamento político que se necesitaba para progresar. “De este modo es como debemos comprender el equilibrio entre los Estados.” Pero “los grandes y pequeños intereses de los Estados y las Naciones tienden configurar una mezcla cambiante y enrevesada”. “Tales tendencias suelen consolidar el llamado status quo, no cambiarlo.” “La mayoría de las innovaciones surgidas en el modo de hacer la guerra no provienen de nuevas ocurrencias e inclinaciones del pensamiento, sino que son consecuencia de nuevas condiciones sociales.”

Así pues, la necesidad de libertad de los Pueblos aparecía cada vez más claramente como una necesidad imprescindible, al iniciarse el camino hacia las épocas modernas. “Una vez que quedaron establecidos los grupos de pueblos que utilizaban un mismo idioma, sobre esa base surgieron también en ellos los nuevos Estados.” “Las fronteras naturales se adaptaron a las de esos idiomas particulares, así como a una rivalidad entre ellas.” “Los Estados que acumulan Naciones diferenciadas se nos muestran como si estuvieran bloqueados en una situación de atraso.” “La forma de Estado que mejor se adapta a las condiciones modernas es el Estado de una sola Nación.” “El Estado nacional nos ofrece las mejores condiciones para el desarrollo del Capitalismo.”



IV – Flandes y Países Bajos


“Los Países Bajos estaban formados por numerosos feudos”, situados en el lugar mismo en que se cruzaban los caminos terrestres y marítimos de Europa. En la Alta Edad Media se hicieron visibles allí los asombrosos cambios que se extendían por todo el mundo occidental: en el laboreo de la tierra, el comercio, las ciudades y los talleres.

A medida que mejoraban las condiciones generales, “con la ayuda” del hambre y las pestes, los campesinos lograron la desaparición de la servidumbre (siglos XI-XIV); si bien las viejas injusticias, así como las nuevas, no desparecieron por ello, al menos no en tal medida.

Allí comenzó la industria “tan tempranamente y con consecuencias tan notables que no se habían visto en ningún otro lugar”. “Los tejidos generaron la riqueza de las ciudades”. El nuevo comercio se fortalecía por mar y por tierra. “Vista en su conjunto, aquella sociedad estaba compuesta por ciudades dedicadas a la industria y el comercio”. “Hacia el siglo XII, Flandes en su totalidad se convirtió en un pueblo de batanes y tejedores de la lana.” Los paños de Flandes fueron desde antiguo los más preciados y afamados en todas partes. Eran tan finos y hermosos que los solicitaban desde todos los lugares, “de modo que la artesanía textil se expandía a una escala nunca antes vista”. “A finales del Siglo X, al no ser capaces de abastecer tal demanda con la lana local, la traían de Inglaterra.” La lana de aquel País era abundante y la más fina, y además de eso, “al estar Inglaterra cerca, tenían una inmejorable oportunidad de obtener aquella excelente lana en mayor cantidad y en mejores condiciones que los demás.” “La inmejorable calidad de la lana de Inglaterra mejoró, en efecto, la de los tejidos, aumentando todavía más su fama y su venta.” La lana de fuera y el paño local se unieron de una forma natural. De resultas de esta unión, surgieron la riqueza, la paz, el bienestar y el progreso de los habitantes. Cuando aquello terminó, comenzó el gran conflicto de los Cien Años.

Como se ha indicado, la fabricación de paños se desarrollaba por todas partes, puesto que los nuevos grandes burgueses instalaban talleres en las poblaciones rurales para escapar de las molestas trabas ocasionados por las ciudades y las corporaciones. [North-Thomas: 144-5, 152; P: 208, 210.]

En las ciudades de Flandes, a causa de las condiciones generales, el capitalismo comenzaba a expandirse con todas sus consecuencias, estableciendo – sin que nadie lo advirtiera – las condiciones para las modernas luchas de clases, tanto internacionales como internas. “La primera huelga laboral que conocemos tuvo lugar en Douai, en 1245.”

En los mercados urbanos, el trabajo de los habitantes rurales y la actividad de los mercaderes forasteros también se limitaban o apropiaban por la fuerza. “Cada nuevo mercado era más extenso que el anterior.” [P: 102; North-Thomas: 55, 135, and 153.]

Los conflictos humanos eran en las ciudades y poblaciones rurales de Flandes mucho mayores y amargos que en ninguna otra parte. “Nunca incluso después: ni en lo que fue la Jacquerie (1357) ni tampoco en la rebelión de Wat Tyler en Inglaterra (1381), vemos la violencia que se desató con tal furia en el occidente de Flandes (1322-8).” “La larga duración de esto muestra claramente que no fue obra de gente campesina y débil.” No ocurrió allí el hambre que sufrieron en Francia, y también en Inglaterra se dio una opresión del pueblo llano; pero en ningún otro lugar y tiempo estuvieron los enfrentamientos y odios más envenenados. Las audaces gentes rurales de allí se unieron en ese momento con los trabajadores de las ciudades, todos en contra de los propietarios terratenientes, de los ricos y de las autoridades.

Al estar el trabajo de los tejedores de lana muy dividido y especializado, los conflictos entre los tejedores y los trabajadores de los talleres de pañería ocasionaron las más graves confusiones y consecuencias (sobre todo en Gante, entre 1340-61), puesto que esas luchas venían mezcladas con las guerras internas y externas. “No podían comprender la naturaleza de este gran comercio y del nuevo capitalismo, la inseguridad de una clase asalariada, la miseria de las crisis, y el desempleo que amenazaban su futuro.” Como consecuencia los talleres se hundieron. “A partir de entonces comenzaron los trabajadores de allí a pasar a Inglaterra y Florencia” (hacia 1350).

Algunas veces, los trabajadores salieron victoriosos, recuperando para sí todo el poder. “Por ejemplo, en Lieja, tras haberse mantenido firmes durante más de cien años, los potentados al final desistieron, no pudiendo aguantar más.” En Dinant, Gante e Ypres las corporaciones locales consiguieron el control sobre las ciudades.

Con el propósito de proteger los talleres de telas de la ciudad de Gante, as autoridades municipales de allí, junto con los gremios y las corporaciones, comenzaron pronto (1297, 1302, 1314) a la reforzar sus monopolios, limitando o incluso hundiendo la libertad de mercado. Esta tendencia se extendió cada vez más, poniendo la economía entera en el camino del mercantilismo. Iniciada dicha tendencia en las ciudades, se impuso también en gran medida en los Estados más grandes.

Las nuevas formas de trabajo fueron restringidas por gremios, corporaciones, leyes municipales y reales que se fueron debilitando o eliminando paso a paso o lucha tras lucha (1225, 1237, 1280, 1302, 1323-1328, 1337-61, 1382), dando lugar a prácticas laborales y de clase modernas. Las leyes para limitar o revertir estas nuevas libertades no terminaron por completo (1537, 1614, 1649).

Los Duques de Borgoña se percataron muy tempranamente de que sus intereses radicaban en sostener e impulsar la producción y el mercado, y que por el contrario sus beneficios podrían hundirse si llevaban al borde de la muerte la gallina que ponía los huevos de oro al ponerle impuestos desmedidos. Por ello se asociaron los Duques y los mercaderes más clarividentes, así como los representantes de los Consejos Generales y de las Provincias, a fin de limitar la potestad del Gobierno y de suavizar las estrictas normas de las Corporaciones y de los otros monopolios, asegurando la libertad para el trabajo en provecho de todos. Por ese camino, los nuevos métodos de trabajo fomentaban el mercado, la pesca y la mejora del laboreo de las tierras. Pero, a diferencia de los Italianos, dejaron el comercio marítimo en manos de extranjeros.

Pronto, los Países Bajos tenían en sus manos las mayores ferias de Europa y el moderno comercio a gran escala. Naciones de todas partes tenían en Brujas sus almacenes y consulados, siendo el de la Nación bizkaina uno de los más notables. Aquel Estado, extendido de un mar a otro, se convirtió en el eje de la economía europea. Con la llegada de un nuevo equilibrio entre las clases, se extendieron nuevos y fructíferos vientos de libertad religiosa, idiomática y de toda la cultura. En aquel entonces Brujas, Gante, Ypres y otras ciudades fueron las más avanzadas. Más tarde, las “corporaciones malthusianas” de allí y los impuestos destructivos del Rey de Francia se convirtieron en obstáculos para las fuerzas productivas, favoreciendo a Amberes y Ámsterdam. También se renovaron las manifestaciones culturales, cuyos resultados son evidentes en los eruditos, escritores y pintores de aquella época.

Al ver aquella riqueza, se desató la codicia de los Estados vecinos. Sin detener la época de paz, piratas y corsarios “atemorizaban el valle de los Holandeses”. No pudiendo soportar la gran ambición, los ataques y los impuestos del Rey de Francia, los habitantes los afrontaron con valor y perseverancia aunque a un costo aterrador (Courtrais, 1302; Flandes Occidental, 1322-28; Mount Cassel, 1328; Gante, 1337; l‘Ecluse, 1340; Rozebeke, Beverhout, 1382), siendo los ataques y las venganzas de los franceses, como de costumbre, inmisericordes. Tras haber vencido éstos en la mencionada batalla de Cassel, exterminaron por millares en una espantosa matanza a soldados, trabajadores y campesinos, hombres, mujeres y niños, y esa zona de Flandes pasó a ser una posesión francesa hasta hoy. De este modo creció una nueva revolución en la que los Países Bajos tomaron partido en favor de Borgoña e Inglaterra en la larga Guerra de los Cien Años.

A continuación se adueñó de aquellas tierras el Gobierno de España, sojuzgando todas las leyes y todos los derechos de las que él llamó “las Diecisiete Provincias”. Sin tardar mucho comenzaron las crueldades de la Inquisición (en 1523 comenzaron allí los desdichados autos de fe holandeses, quemando vivo a quien fuera declarado hereje), los tributos sin medida y otros (Gante, 1539). Al ser despreciadas incluso las peticiones más moderadas de aquellos flamencos a quienes los Españoles llamaban “Piojosos”, comenzaron las sublevaciones y persecuciones (1566). Los españoles dieron la única respuesta que conocían y que conocen, entregando el País pavorosamente a sangre y fuego, y asesinando por la violencia ilimitada a millares de patriotas o gentes “de falsa fe”. Aparte de los estragos causados por los grupos armados, el “Tribunal de la Sangre” (1567) no tuvo inconveniente en enviar a la muerte a quinientas personas en un solo día. Tributos cada vez más asfixiantes, que golpeaban incluso al capital (1572), cortaban el porvenir de toda la economía.

A partir de ahí, los habitantes comprendieron cada vez más mejor que la libertad completa era el único camino para de nuevo ganar y consolidar la paz, el trabajo y los derechos humanos. Aquella dichosa España estaba bastante lejos, y los naturales del País tenían a su favor la constelación de fuerzas de su entorno. A pesar de que las matanzas de Hugonotes en Francia (“Noche de San Bartolomé”, 1572) fueron una consecuencia terrible, aquéllos tuvieron cada vez más ayuda de la monarquía Tudor (1585 en adelante).

Tras constituir algunas provincias del sur de los Países Bajos la Unión de Arrás, en apoyo de la soberanía de Felipe II, unos veinte días después las siete provincias del norte formaron la Unión de Utrecht (Enero-1579), que tomó la decisión de deponer a Felipe II (Acta de Abjuración, 1581) reivindicando que “los tiranos y criminales” de España tenían que ser expulsados cuanto antes, y que en 1588 dio origen a la República de las Provincias (o de los Siete Países Bajos) Unidas. Esta salida no podía ser más apurada, sufriendo lo indecible hasta conseguir la libertad completa. Su reconocimiento por la monarquía Hispánica se realizó en 1648 (Tratado de Münster). A pesar de que la peste golpeaba una y otra vez (1623-5, 1635-7, 1654-5, 1663-4), el nivel de vida de los habitantes de los Países Bajos mejoró de un modo nunca y en ninguna parte visto, una vez que se desembarazaron del sistema anterior, en la medida en que se robustecía la potencia de Inglaterra.



V – Inglaterra


En la Inglaterra de la Gran Bretaña, concretamente, la “marcha hacia adelante” había comenzado tan pronto como en todo Occidente, aunque con rasgos particulares

Los animales de caza de los reyes y grandes señores estaban protegidos por leyes forestales especiales. “Las leyes forestales estaban dirigidas a una única finalidad: proteger a los animales salvajes para que, de ese modo, pudieran ser encontrados en gran número cuando el Rey fuera de caza.” También en el reinado de los Sajones también existían tales leyes, pero los Normandos las ampliaron mucho. Aun así, los reyes Plantagenet parece ser que, más que andar de caza, preferían ocuparse de la guerra; y, a fin de conseguir el dinero para ella, comenzaron pronto a vender algunos de los derechos que tenían sobre los bosques.

Si se les exigía demasiado o se les quitaba, algunos siervos huían hacia otros territorios o bien engrosaban esas nuevas ciudades que estaban creciendo, en busca de una vida mejor y de libertad. La servidumbre se estaba debilitando por sí misma, ya que los grandes propietarios tampoco tenían interés en mantenerla. La nueva tierra de labranza que se repartía en tres lotes entró en aquel Estado cuatrocientos años más tarde que en otras partes; lo cual traería perjuicio antes que bien en las condiciones anteriores.

En muchos lugares, la ganadería ovina era el trabajo tradicional. Cuando se extendieron los talleres textiles, la demanda de lana se hizo cada vez mayor. [Marx: 156-8; Stanton: 130-54.]

Cuando se extendieron los talleres de paños, las lanas de aquella isla, al ser las más abundantes, finas y baratas, se vendían como se quería. La exportación de aquella lana, al permitir idas y venidas para colocar las telas de Flandes y el vino de Burdeos, expandió el comercio de la gran isla.

“No conocemos gran cosa sobre las ovejas de la Edad Media, pero parece que eran de dos clases.” Dejando de lado las ovejas de lana corta que servían para todo tipo de necesidades y podían vivir en cualquier lugar escarpado, se extendieron las nuevas ovejas de lana larga que ocupaban los mejores pastos. Para criar ovejas no había necesidad de abundantes siervos o asalariados a los que hubiera que obligar y pagar. Bastaban unos pocos pastores diseminados para hacer el trabajo y, con tranquilidad y en paz, generar grandes beneficios para el propietario. Así y todo, “no es una conjetura el pensar que las tierras cultivadas fueron convertidas en pastos para ovejas desde antiguo”. [North-Thomas: 152-3. Para los nuevos capitalistas, ver: III; Maurois: 173; Marx: 192-3; Dobb: 43-7, 59-1. P; Myers: 40-7; Lepage: 110; North-Thomas: 25-6.]

“Como consecuencia de la conquista de los Normandos, el gobierno y la administración del Rey se expendieron y fortalecieron, mientras que, en conjunto, los grandes señores y la Iglesia se debilitaban. Las ciudades y la clase de los mercaderes, que crecían tranquilamente, se asociaron todas las que pudieron y se rebelaron (1214-16, 1258-67) ante la necesidad de limitar el poder del Rey, evitando los nuevos tributos y haciendo respetar las viejas leyes.” (Magna Carta,1215; Provisions of Oxford, 1258; Provisions of Winchester, 1259; De tallagio non concedendo, 1297; Confirmatio Cartarum, 1297.)

Tan grandes les parecieron los derechos aceptados en la llamada “Magna Carta”, que la Iglesia de Roma y el Santo Rey de Francia los rechazaron, ya que anulaban el poder especial del Rey (1216, 1261, 1264). “No hay registro de ningún Estado que, en el pasado de la historia, haya dado tal impulso, y ese impulso no se ha disipado todavía.” Finalmente, incluso tras haber perdido ellos la guerra, (Lewes, 1264Evesham, 1265; London, 1267), los pequeños caballeros y los grandes mercaderes quedaron unidos para siempre tanto en los campos de batalla como en el Gran Consejo, preparando el camino para el Parlamento del futuro (1239, 1259, 1265, 1297). De ahí en adelante, tanto en las Instituciones como en las actuaciones ordinarias, las relaciones entre esas clases sociales ocurrieron de forma suave y sin obstáculos, apartando los perjuicios de un rudo egoísmo.

El orden feudal se estaba desmoronando, incapaz de adaptarse a las nuevas condiciones de la guerra y la paz, de la economía y la política. “Si miramos al Reino de Inglaterra desde la distancia, en 1259, si es que no antes, ya había comenzado un crónico estado de guerra, siendo la propia Guerra de los Cien Años su continuación.” [Myers: 3; Maurois: 165.] Con ocasión de las arduas luchas mantenidas para dominar a Escocia y Gales se renovaron las armas para la guerra. Aprovechando la potencia del arco largo galés, se consiguieron las asombrosas victorias de Crécy (1346) y Azincourt (1415). Mucha gente se enriqueció en tales guerras, especialmente los propios grupos armados y quienes les proporcionaban alimentos y vestimenta. Las guerras y las necesidades dinerarias para la guerra tuvieron un importante papel para aumentar o limitar el poder del Rey, manteniendo o alterando el equilibrio entre las clases sociales.

Durante largo tiempo, las mercancías que se exportaban de Inglaterra fueron materias primas comunes. El Gobierno de Inglaterra comenzó pronto, por su parte a cerrar su mercado interior, protegiéndolo mediante aranceles en las fronteras y otros procedimientos (1331, 1337, 1455, 1463-9), con el fin de fortalecer cuanto antes los talleres de Inglaterra. Por esos caminos, las condiciones económicas y alianzas militares para la Guerra de los Cien Años (1337-1453) estaban preparadas. Viendo los talleres de paños de Flandes en peligro de muerte, puesto que sin la lana y los mercados de Inglaterra no tenían forma de trabajar, en Gante se alzó inmediatamente una revuelta. Así, la larga guerra surgida sería el final de una época y de un mundo.

Como se ha dicho antes, el frio, la hambruna, la peste y otros males se extendieron también en la Gran Bretaña al igual que en todos los Estados, regresando una y otra vez (siglos XIV-XV). “Fijándonos sólo en la ciudad de Londres, en el siglo XIV la peste se extendió allí veinte veces.” La Peste Negra actuaba en todos los ámbitos, cambiando las relaciones de quienes aún quedaban vivos y abriendo caminos para el capitalismo. [Myers: 10.]

Cada vez en mayor medida, los bosques del Rey, los pastos y las “tierras abiertas” de las poblaciones rurales fueron reduciéndose para poder expandir nuevos sistemas de cultivo de tierras y de ganadería. “La peste ha empobrecido al gran señor, y enriquecido al campesino. A través de ese duro camino, las condiciones de trabajo se suavizaron en cierta medida. La servidumbre de los campesinos había terminado, excepto residuos. Los grandes señores ya no tenían forma de hacer trabajar la tierra a otros como antes. Y quienes acababan de conseguir la libertad de trabajo no estaban dispuestos a quedar sometidos al trabajo bajo la pura violencia.” [M: 46-7.]

Muy pronto se promulgaron los famosos “Ordinance of Labourers” (1349) y “Statute of Labourers” (1351). Por medio de estas normas “querían congelar” la influencia de la economía. Los grandes señores intentaron conseguir, en particular, que la remuneración del trabajo volviera al nivel anterior de inicio la peste. Pero tales intentos cayeron finalmente en el vacío, ya que la nueva economía y el poder popular estaban en su contra. A partir de ahí y de manera ininterrumpida se crearon, mejoraron, modificaron o confirmaron los “Statute of Labourers [Estatuto de los Trabajadores], Laws and Acts of Settlement [Leyes y Actas de Asentamiento], Poor-Laws [Leyes de Pobres], Health Acts [Leyes de Salud], y Statute of Artifices [Estatuto de los Artesanos]”. Pronto se vio claramente que tales leyes o bien no tenían grandes efectos, o, aun teniéndolos, traían más perjuicios que beneficios. [La nueva actitud de los señores de la tierra; Myers: 47.]

La gran sublevación de los trabajadores de las zonas rurales y las ciudades (1381) fue debilitada mediante astucia y aplastada bajo una violencia brutal, mostrando los límites del poder y de las posibilidades de acción de esas clases humildes. “Comparado con lo ocurrido en Flandes, la represión en Inglaterra no surgió tanto de la miseria de las clases campesinas. Desde el Siglo XIII en adelante, su modo de vida había mejorado mucho”; y en el XIV, como consecuencia de grandes desgracias, volvió a mejorar. Por eso mismo, les resultaba insoportable la falta de los derechos todavía no conseguidos. A pesar de haber mostrado su rabia y fuerza, “hicieron en vano tal revuelta, puesto que ni los campesinos ni sus dirigentes sabían con claridad lo que estaban haciendo. Al igual que todas las sublevaciones de aquella época, terminó siempre igual, con una sangrienta matanza.” [Myers: 16.]

[Maurois: 149.] La Iglesia tenía en sus manos la mayor parte de todas las tierras de Inglaterra, pero perdió sus enormes posesiones (después de promulgarse la famosa “Act of Supremacy”, 1534-39). Por ello, también las poblaciones rurales perdieron las ventajas que tenían en aquellas tierras. [Nuevas formas de actuación de los propietarios de tierras.]

“La demanda de lana no tenía límite, reforzando el alza de precios.” Las pequeñas propiedades de los campesinos y las tierras comunales fueron desmanteladas cada vez en mayor medida (XV-XVIII), creando nuevos pastos en las tierras que eran campos de cultivo. Si al principio fue paso a paso y con el consentimiento de todos [Maurois: 240; P: 193-4; Marx: 158-60, 164-5], después ocurrió de forma legal y deprisa, como si todos estuvieran a favor de los nuevos métodos, sin contar con los pequeños agricultores. Por medio de los llamados “Bills for enclosures of commons” (Proyectos de ley para el cercado de comunes), “los potentados se repartieron entre sí las tierras de los demás”. El movimiento se extendió sin límites. [Marx: 158-9, 163-5; Keir: 365; Medley: 432.]

[Keir: 158, 365-6, 422.] No tuvieron otra opción, si ello no les estaba prohibido, que buscar una nueva forma de vida en las ciudades. [...] Muchos se dirigieron a nuevas colonias, proporcionando personas para la gran expansión del reino. Otros muchos vagaban por los caminos, sin hogar ni modo de vida, en la completa miseria. En los lugares donde esto no ocurrió así, el trabajo de la tierra de los campesinos llego a ser más arduo y con menor remuneración. La “segunda servidumbre” se enseñoreó de los Países europeos orientales. En opinión de algunos, los campesinos de Inglaterra fueron más afortunados al perder sus tierras. Vamos a ocuparnos de ello. [Maurois: 240; Yeomen, una gentry terrateniente, nueva clase de trabajadores de las ciudades; Myers: 51, 139; Marx: 163; Pirenne: 207-8.]

Al darse cuenta de tales desgracias, el Rey y el Parlamento se esforzaron sin tardanza en conservar los antiguos derechos y leyes, limitando el juego del mercado y la libertad de trabajo, restaurando los salarios del trabajo al nivel anterior a la gran peste, haciendo que los campesinos permanecieran en sus tierras y trabajos, cuidando las pequeñas propiedades y las prácticas habituales de las corporaciones, ayudando a los que habían caído en la completa miseria, y destruyendo a los “malhechores” con la intención de recuperar la seguridad y la paz.

El robo y demás, cada vez más frecuentes, y las leyes cada vez más duras: no sólo en contra de los ladrones y asesinos sino también de los desempleados “por propia decisión”; por culpa de los cuales se decía que surgían los malhechores y las nuevas cargas para los buenos trabajadores. [Medley: 432, 436. Finalmente, el Rey, el Gran Consejo y los Jueces abogaron totalmente en favor de los nuevos cambios. Marx: 164.]

Mientras tanto, “los desastres de la naturaleza” se habían apaciguado, tras haber sufrido las mencionadas revoluciones y otras guerras, y también de nuevo terribles epidemias (1603, 1625, 1636-7 y 1665; esta última limpiada por el incendio de Londres). En las zonas rurales se había terminado antes que en las ciudades. La técnica de la agricultura y la ganadería de las zonas rurales, la producción agrícola y el comercio mejoraron mucho; pero muchas gentes humildes perdieron las tierras, el ganado y el modo de vida por ese mismo camino. [Myers: 215-8, 53-4, 45-6.] Los trabajadores y las gentes humildes de las ciudades que soportaban nuevas persecuciones frecuentes, fueron aplastados con mayor facilidad, haciéndoles soportar una y otra vez una terrible y despiadada venganza (siendo las mayores las dirigidas por Jack Cade, Kent y Monmouth en 1450, 1548 y 1685). Las leyes para limitar la libertad de trabajo no terminarían tan pronto (1871).

Las leyes que – bien sea por los Dioses, la naturaleza de las cosas o la razón – habían sido dadas al humano se consideraba que se habían observado desde siempre, y que debían ser conservadas inmutables para siempre; ése era el punto de vista de la antigüedad. Pero aquella vieja idea recibió un golpe muy grande. La propiedad de la tierra, el trabajo, las relaciones entre el Rey y el Parlamento, y la antigua ley estaban cambiando ante la vista de todos. Cuando, a causa de la Reforma de la Iglesia (F: 107), se aprobaron toda una serie de leyes contradictorias entre sí, “había que estar ciego para no darse cuenta de que quienes hacían las leyes eran los seres humanos”.

Al tiempo que se ocupaban de la pesca y del comercio, y al haber logrado y conservado una gran libertad para el mar (“Intercursus magnus”, 1496), los barcos de la gran Isla acabaron apropiándose del monopolio para traer los vinos de Burdeos, los paños de lana de Flandes, y otros monopolios (Navigation Acts: 1381, 1485, 1651).

Tras perder la Guerra de los Cien Años, los grandes terratenientes casi se aniquilaron entre sí en la Guerra de las Dos Rosas. Finalmente, los reyes Tudor salieron en gran medida vencedores, en el entendido de que se respetarían las condiciones establecidas y sin eliminar los límites de su propio poder.

El poder de la Administración centralizada estaba muy limitado, ya que lo que se denominaba “Self-government” mantenía siempre en sus manos todos los actos locales. Las antiguas leyes consuetudinarias sostenidas por los jueces y las nuevas leyes del Parlamento dominaron sobre la fuerza especial del rey. “La constitución de Inglaterra tiene como progenitores el orden feudal y la llamada common law.” [Keir: 316.]

Por otro lado, “habiéndose acomodado los reyes de Francia y de España con la Iglesia de Roma al objeto de alzarse como monarquías absolutas, los reyes de Inglaterra aceptaron la asociación con el Parlamento para poder expulsar a la Iglesia de Roma” (Act of Supremacy, 1534). “Si los dos poderosos reinos católicos del momento se hubieran aliado para aplastarlo, el pequeño reino [de Inglaterra] habría estado perdido. La enemistad entre los Habsburgo y los Valois ha salvado a los reyes Tudor.” La idea de que era necesario apoyar y conservar el equilibrio de los enemigos la tenían arraigada para siempre en la gran isla, en beneficio del excelente “God’s own people”.

Los impuestos del rey se recaudaban en los mercados, en las ferias, y sobre todo en los puertos marítimos. [Previte: 893.] Los monarcas [de Inglaterra] comprendieron, tan pronto como en Borgoña, que la producción y el comercio eran la fuente de riqueza más conveniente que tenían, y que era mucho más hábil obtener una pequeña parte de la gran riqueza de todos, que arruinar el bienestar general por quitar una parte demasiado grande de la escasez y miseria de todos.

“El rey está ahora a merced de los mercaderes, se meten en su Parlamento, y únicamente ellos manejan su Exchequer. La política exterior en Inglaterra se realizará en lo sucesivo para ellos.” Y también la interior, en gran medida.

Los reyes, los gremios y las corporaciones perdieron la capacidad de condicionar la economía. La libertad de trabajar y los derechos de concebir y utilizar nuevas ideas estaban cada vez mejor garantizados (Case of Monopolies, 1602; Statute of Monopolies, 1624). Tales medidas no fueron establecidas debido a abstractos principios morales sino al servicio de un “descarnado” interés: aquellos mercaderes y propietarios de talleres de aquel entonces, carentes de escrúpulos, se habían dado cuenta de que coartando el trabajo y robando las ideas se secaban y agotaban las fuentes de riqueza del reino. En esa razón – entre otras – radica también el inesperado “gap” [brecha] existente entre los Pueblos atrasados y los avanzados. [North-Thomas: 144-5, 152-5.] (“La libertad es una fuerza productiva y una estructura social”; véase el desarrollo de esta idea también en el capítulo ‘Evolución del totalitarismo hispano-francés: el Fascismo’ de nuestro trabajo ‘EUSKAL HERRIA Y EL REINO DE NABARRA, O EL PUEBLO VASCO Y SU ESTADO, FRENTE AL IMPERIALISMO FRANCO-ESPAÑOL’.)

Por otra parte, el Rey tampoco tenía medios legales para imponer impuestos sin conseguir la autorización del Parlamento. Para escapar de esas limitaciones, el Rey habría necesitado fuerzas armadas mucho mayores. Sin embargo, nadie estaba dispuesto a aportar dinero para tal objetivo. (El pueblo de Inglaterra es tan monárquico que ha cambiado, desterrado o hecho matar más reyes que lo han hecho las otras naciones civilizadas.) De ello han aprendido, en la vida cotidiana, que de ninguna manera se debe uno fiar del Gobierno, una vez que llega a conseguir demasiado poder. [Myers: 139; Bindoff: 52-3.]

Al compararse con las vecinas naciones de Escocia y Gales, siendo el Reino más poderoso de Gran Bretaña, el Reino de Inglaterra no necesitaba grandes fuerzas armadas. Aprovechando su condición de isla, para rechazar también los ataques provenientes de más allá de los mares, le bastaba con tener barcos en la medida que fueran necesarios como para asegurarle el dominio del mar. Sin embargo, “el poderío marítimo no es adecuado contra cualquier enemigo interno”. Por ello, entre otros ejemplos, en el mismo momento en que las fuerzas armadas del Rey de Francia “aplastaban a la Fronda, el que se llamó Nuevo Ejército Modelo [New Model Army] de Cromwell derrotaba a los modestos grupos de soldados del Rey de Inglaterra” (Edgehill, 1642; Marston Moor, Newbury, 1644; Naseby, 1645; Preston, 1648). En esos dos casos diferentes se impuso, como siempre, el que tenía de su lado la fuerza o, dicho de otro modo, la mayor violencia. [1688; Marx: 164.]

En resumen, se habían dado algunos de los pasos más notables que llevaban a la democracia moderna. (Además de las leyes ya antes mencionadas, tenemos entre otras: Case of Prohibitions, 1607; Case of proclamations, 1611; Petition of Rights, 1628; Grand Remonstrance, 1641; Nineteen Propositions, 1642; Triennial Act, 1664; Habeas Corpus Act, 1679, 1816; Bill of Rights, 1689; Act of Settlement, 1701. “La primera cosa que vemos está viva en Inglaterra es la voluntad del pueblo. Es ella la que envía la sangre a la cabeza y a todas las extremidades del cuerpo político.”



VI – Otros pequeños Estados


Vemos a los “grandes” Estados siempre ambiciosos de ser grandes, siempre esforzándose por ser más grandes mediante la violencia. Esto no es sorprendente, porque ¿para qué andar debatiéndose, cuando uno puede aplastar a los demás? ¿Para qué trabajar, cuando uno puede robar y llevarse a casa el trabajo y los bienes de los vecinos? Así fueron hechos los grandes imperios. “¿Qué son los grandes Imperios sino grandes bandas de ladrones?”

No obstante, las sociedades pequeñas que vivían de sí mismas, por sus propios medios, estaban colocando los fundamentos de un nuevo mundo. Entre ellas tampoco faltaban totalmente, por supuesto, guerras y conflictos. La característica, en verdad, es la rica actividad y los abundantes resultados de los pequeños y medianos pueblos y reinos en todos los ámbitos, en algunos aspectos difíciles de explicar en unas pocas líneas. Debe ser recordado que incluso la misma Inglaterra, por fortuna protegida mediante la insularidad de Gran Bretaña, debemos situarla entre esos pequeños reinos, comparada con los enormes reinos de Francia y España. Mucho más aún los dispersos dominios de los Borgoñones.

Las prendas de los Países Bajos eran las más hermosas de Europa. El vino de Burdeos era el preferido de los amantes del vino, el más fácil de ser transportado, puesto que su fuente estaba casi en los mismos puertos, y al que el Reino de Inglaterra “le ofrecía un mercado siempre abierto”.

Los franceses, “a diferencia de los Italianos, no exportaban sus productos”. “No tenían, por decirlo claramente, barcos mercantes.” Así pues, los franceses “dejaron prácticamente el Golfo de Gascuña en las manos de extranjeros: vascos, bretones, españoles y hanseáticos”. En el Sur, los occitanos, norte-Italianos y catalanes hacían lo mismo.

En torno a las grandes y ricas ferias de Champagne se desarrolló un próspero mercado de tejidos; pero – entre otras causas – las guerras y los excesivos impuestos de los reyes de Francia lo agotaron. Allí también, la gallina que ponía los huevos de oro acabó huyendo en busca de mejores prados, bajo la protección de los duques de Borgoña.

También las ciudades y los pueblos de Germania estaban – semejantes a los de Italia – repartidos en diversos reinos. Los mercaderes de allí crearon la admirable Liga de la Hansa, para vigilar los puestos exteriores. Con Lübeck y Hamburgo a la cabeza, organizaron (1367) la amplia Confederación de Colonia (mediante un Tratado escrito ya en alemán y no en latín), que también demostró su capacidad para la guerra venciendo a Dinamarca-Noruega en Stralsund (1370). Las rutas marítimas de aquellos mercaderes eran Londres en el norte, los puertos bálticos en el este, el Golfo de Bizkaia en el oeste, y – en medio de todos – Brujas, la admirable Venecia del norte. Los Hanseanos comprendieron, al parecer mejor que los demás, que debían asegurar la paz entre ellos y hacia el exterior. [North-Thomas, 88.]

Los puertos de Donostia, Bilbo y Baiona se ampararon en los amplios derechos y libertades asegurados por los reyes de Inglaterra y de Nabarra. Sancho VI de Nabarra otorgó su Fuero a la ciudad de Donostia en 1150; y el Rey Juan Sin Tierra concedió a la villa de Baiona su carta de ciudad en 1215, el mismo año de la Carta Magna. También las villas de la costa de Bizkaia, que algunas de ellas eran democracias de mercaderes, se aseguraron relaciones pacíficas y fructíferas con otras villas litorales del norte, en beneficio de todos. [Pirenne: 90, 149, 210.] Incluso en plena Guerra de los Cien Años, consiguieron acuerdos y leyes internacionales, asegurando la mayor libertad posible en el mar, en las faenas de pesca, en los mercados, y también en las relaciones bélicas (1351, 1353, 1482). En Baiona construyeron un barco para el Rey Enrique V, “que fue la mayor nave que la Corona de Inglaterra haya tenido jamás, al menos de las conocidas”.

Bajo la protección de los duques de Bretaña se extendieron la pesca, el comercio marítimo, y los talleres de telas. Los viñedos y mercados de Aquitania, junto con la protección de su personalidad y libertad, todo ello fue aceptado y asegurado por los reyes de Inglaterra.

Los mercados de larga distancia de las Ciudades-Estado italianas reunían los mercados de Bizancio y de los musulmanes con los de Europa. Al mismo tiempo, las acciones bélicas no cesaban en ningún lado. Finalmente, como consecuencia de las Cruzadas, consiguieron en gran medida obtener el control de las rutas marítimas meridionales. En Venecia, Génova, Florencia y Pisa los talleres de artesanos y la economía entera se enriquecieron a causa de ello, proporcionando así los cimientos para la renovación de todas las artes y la cultura entera. “Sin duda, los Italianos aprendieron mucho de los Bizantinos y los musulmanes, cuya civilización era más avanzada”.

En el ámbito comercial, tenían preparadas las actuaciones más avanzadas. En los primeros momentos, los mercaderes de las ciudades de Italia hacían por tierra la ruta hacia norte, pero en el siglo XIV comenzaron a acceder desde el mar a los puertos de aquellas regiones. Las innovaciones establecidas y puestas a punto en las casas de banca, pronto fueron utilizadas en todos los sitios. [P. 130] Mientras en Venecia y en otros lugares mantenían una productiva paz, en Florencia los trabajadores demostraron que eran tan capaces como los del norte para arrebatar por la fuerza el poder gubernamental a los que poseían el capital, mientras eran perseguidos, siendo gestionados y liderados por los trabajadores sin cualificar de los telares, llamados “Ciompi” (1378). Hubo “una guerra ininterrumpida entre las ciudades de Italia. Todos intentaban hundir el comercio de los demás, para sacar provecho de ello”.

En el país Occitano comenzó a surgir una nueva época desde la base del feudalismo. Mejor incluso que en Inglaterra, preservando en cierta medida la libertad de todos y respetando el equilibrio entre las clases sociales, se aliviaron los conflictos internos. Los nobles, si bien poco a poco, se acomodaron con los nuevos burgueses en una sociedad gestionada por éstos. Los trabajadores urbanos más humildes vivían cada vez mejor. También los campesinos, porque la tierra era fértil y encontraban en las ciudades mercados ricos y abiertos. Gran parte de estos trabajadores tenía la libertad asegurada desde muy tempranamente. Gestionadas por la ilustrada clase mercantil, se abrieron nuevas rutas marítimas y terrestres.

Toulouse, Marsella, Narbona y otras ciudades ya contaban con grandes puertos desde hacía tiempo. Las Cruzadas enriquecieron todo el Languedoc (para hundirlo finalmente), dando un extraordinario impulso a toda la economía. En consecuencia, la vida cultural de allí “era la más fructífera y avanzada de Europa”, “en unas épocas aquéllas en que el Rey de Francia a duras penas podía escribir su nombre.” Gracias a esas libertades que allí había, en las escuelas de muchas “grandes” ciudades se cultivaban y enseñaban todas las ciencias. También la filosofía de Aristóteles, proveniente de manos musulmanas. En otros países no tenían noticia de él, o bien estaba apartado al haber sido prohibido por la Iglesia.

En Aragón y en los Reinos feudales de sus asociados, habían conseguido un equivalente a la “Magna Carta” (1289-1348, 1462). Los Catalanes “apretaban los cordones de la bolsa del Rey, al igual que hacía el Parlamento de Inglaterra”. Por ese camino, se mostraron capaces de proporcionar comercio marítimo y una cultura de alto nivel. A consecuencia de su carácter y modo de actuar particulares, fueron los únicos reinos cristianos que conservaron y aprovecharon las acequias y otros sistemas de riego creados por los musulmanes, en vez de destruirlos. “La Barcelona de Aragoi [sic] era conocida desde el siglo XIII por su espíritu dinámico y por sus audaces marinos.” “Al igual que los antiguos venecianos”, los catalanes no desdeñaban en absoluto las ganancias que se obtenían del tráfico de esclavos, puesto que las guerras contra los musulmanes traían el necesario “material humano”. Rápidamente se apropiaron de la técnica más avanzada de las ciudades de Italia y, en lo sucesivo, “llevaban simultáneamente la guerra y el comercio”.

Sin embargo, las ciudades mercantiles que se establecían por sí mismas se dedicaban a montar los nuevos gremios y grandes mercados. También la guerra la hacían para fortalecer el comercio; siendo por tanto el trabajo lo primero. Quisiéranlo o no, lo cierto es que los pequeños estados no tenían la fuerza necesaria para dominar completamente a los demás. Se veían obligados a ser trabajadores o mercaderes, cuanto antes. Por lo tanto, las tareas de la paz les resultaban mucho más convenientes. Por cierto, con seguridad todos ellos consideraban la libertad en el interior y en el exterior como lo más necesario, aunque a menudo les faltaba la fuerza para conservarla. Una vez perdida ésta, las características más notables de sus logros estaban condenadas. En cambio, los “grandes” Estados tenían – cada vez en mayor medida – la guerra y el saqueo como fundamento de su enriquecimiento. Así somos los seres humanos: cuando son humildes y débiles, modestos, trabajadores y pacíficos; pero una vez que fortalecidos y llenos de poder, orgullosos, ladrones y belicosos.

Por otra parte, el Rey de Francia, desde la perspectiva del mercantilismo, iba cerrando el mercado cada vez con mayor dureza (1664, 1667). Las Provincias Unidas respondieron de inmediato y por la misma vía. Tales conflictos comerciales prepararon el camino para nuevas guerras (1652-54, 1665-67, 1672-74, 1682-9). Para rechazar las nuevas tendencias, los pueblos y parlamentos mostraron su resistencia (La Haya, 1672; Londres, 1670-74), tal como ya lo habían hecho antiguamente en Gante (1337).



VII – Francia


A la salida de la época feudal, los Reinos de Inglaterra y Francia eran en muchos aspectos similares. Aun así, sus diferencias, eran muy grandes y se hicieron cada vez mayores.

En la gran isla consiguieron y conservaron la libertad de todo el pueblo, rechazando los poderes desmedidos. “Los numerosos impuestos y cargas surgidos en la época feudal no impidieron que la agricultura de Inglaterra se convirtiera en la más desarrollada y rica del mundo.” “El rendimiento de la tierra no proviene únicamente de su fertilidad natural sino, en mayor medida, de la libertad de sus habitantes.” En cambio, los Franceses habían perdido su libertad en la Edad Media.

A los tributos insoportables y las continuas épocas de clima adverso, sucedieron además épocas de terrible frío, hambre y peste: 1347-50, 1646-47, 1674-75, 1679, la “Gran hambruna” de 1693-94, y 1709. Éste es un testimonio tomado del Diario del cura de Rumégies durante la última hambruna (1693) en la Francia del siglo XVII: “La última de las desgracias fue que la cosecha siguiente se perdió entera, lo cual fue causa de que el grano tuviera un precio elevadísimo. Y como el pobre pueblo estaba agotado, tanto por las frecuentes demandas de Su Majestad [Luis XIV de Francia y III de Nabarra] así como por esas contribuciones exorbitantes, llegaron a tal pobreza que se le puede llamar hambre. (...) Hablo de los dos tercios de esta aldea, si es que no más aún...”

También estaban las constantes guerras: Guerra de los Cien Años, 1337-1453; Guerras de Religión, 1562-98; Guerra de los Treinta Años, 1618-48; Guerra de los Nueve Años, 1688-97. [Pirenne, 194.] A causa de los soldados y de otros grupos armados (un buen ejemplo fueron los temibles Ecorcheurs, literalmente “desolladores”, que despojaban incluso la ropa de sus víctimas), el pueblo tuvo que sufrir los más graves devastacionessin que ello lograra calmar el ánimo sensible del pueblo ni sus rebeliones. Con frecuencia las gentes del campo, los trabajadores de las ciudades y el resto de ciudadanos estaban irritados (1250, 1321, 1358, 1382, 1413, 1520-50, 1539-41, 1554, 1570-1602, 1619-38, 1646-48, 1662-1705, 1709-10, 1717-18). En ocasiones, todos ellos juntos hacían continuas rebeliones, la mayoría de las veces destinadas al fracaso (conocidas con curiosos nombres tales como Pastoureaux, Jacques, Herelles, Maillotins, Tuchins, Cabochins, Ecorcheurs, Croquants, Vas-nu-pieds, Cascaveux, Purins”).

Los impuestos, además, los imponía y dilapidaba el Rey como quería y sin el permiso de nadie. [North-Thomas, 82.] Estrechamente adheridos los nobles en los pactos para la guerra, el Rey los extendía a su antojo (desde 1439). “A causa de la locura del Rey y la cobardía de la nobleza” causaron “una herida al reino, un derramamiento de sangre duradero”, y “que finalmente lo que lo haría morir”. “De entre todas las formas de discriminar a las personas y separar las clases, la desigualdad en la imposición tributaria resulta la más perjudicial.”

En el Reino de Francia, desbordando el equilibrio de fuerzas entre las clases, el Rey consiguió el completo monopolio de la violencia pisoteando todos los derechos humanos. A diferencia de Inglaterra, toda la sociedad se organizó en función de ello. [91-2.] Las instituciones, corporaciones y leyes del Reino permanecían siempre obsoletas y atrasadas, obstaculizando siempre la vida y los cambios fundamentales. La sociedad entera vivía bajo el absolutismo. Aquel enorme pulpo asfixiaba la vida de la sociedad entera. Fuera de esas instituciones no había posibilidad de vivir; pero dichas instituciones suponían un impedimento para el desarrollo.

En cambio, en aquel “admirable y poderoso Reino” de Gran Bretaña, la libertad unía a las personas sin igualarlas. Por el contrario, cuando – como ocurrió en Francia – se pierde la libertad, “el gobierno de uno solo” iguala a las personas y, al mismo tiempo, hace que mutuamente se separen. En el Siglo XIV, todavía, los estamentos nobles y burgueses locales se unían para proteger sus derechos frente a los ataques del Rey. “Aquellos acontecimientos parecen encontrarse en la historia de Inglaterra. Espectáculos semejantes no se hallan en los siglos posteriores.” “Para que nación a la que le exigía su dinero no perdiera su libertad”, los reyes absolutos lograron siempre “mantener a las clases separadas entre sí, de modo que no pudieran aproximarse ni entenderse para organizar una acción común”. Tales clases sociales vivían por tanto de manera aislada, sin siquiera tener vínculos entre ellos. Incluso en las grandes asambleas estaban agrupados en conjuntos diferenciados. Y en el interior de esos grupos había también abundantes bandas, hostiles entre sí.

La gente estaba distribuida en tres conjuntos: “los que mandan, los que rezan, y los que trabajan”, siendo los campesinos los trabajadores más capaces, y cercanos a ellos los trabajadores de las villas. Como consecuencia de estos grandes cambios generales, y con la “ayuda” de hambrunas y epidemias incesantes, la situación de los siervos quedó prácticamente arrinconada (siglos XI-XIV). Aun así, durante cuatrocientos años tuvieron que soportar las antiguas y nuevas cargas. Incluso perdieron en gran medida la libertad de trabajar y de comprar y vender. Los impuestos locales y los trabajos forzados se mantuvieron y ampliaron. Al igual que en otros Estados, los nuevos potentados y ricos se apropiaron de las tierras de los asentamientos rurales (S. XVI-XVIII). Los grandes propietarios de tierras fueron perdiendo también, paso a paso, la sombra de poder que conservaban, hasta ser finalmente considerados parte del entorno del Rey.

Los trabajadores y las gentes sencillas, aun así, conservaban sus bienes en su miseria, de modo que era mucho más fácil mantenerlos bajo el dominio del gobierno, puesto que no tenían fuerza alguna para rebelarse. El Rey era el primero entre los nobles, y se valía de las ciudades para dominar a sus afines. Después se valió de la Nobleza, en contra de las ciudades sublevadas.

Hartos de las guerras y leyes del Rey, los burgueses de las ciudades principales iniciaron su gran sublevación (1358) siguiendo el ejemplo de los mercaderes de las ciudades de Italia y Flandes. Incluso intentaron unirse con la gran “Jacquerie” de los campesinos de los alrededores (“Jacques Bonhomme” era el nombre que los nobles dieron despectivamente a los siervos), recabar la ayuda de las ciudades de Flandes y del Rey de Nabarra (Carlos II el Malo), y coordinarse con los movimientos de Occitania. Pero finalmente los dos reyes aplastaron a los campesinos de una forma terrible, y la gente sencilla de la ciudad se llenó de espanto, sin confiar en absoluto en el nuevo poder de los mercaderes. Tras enterrar la revolución, la ciudad de París se acomodó con los nobles y los reyes durante trescientos años.

Los nobles feudales locales habían perdido desde hacía tiempo sus verdaderas funciones y poder. Tampoco servían ya para la guerra. En la política y en el trabajo de las tierras no tenían nada que hacer, aunque a veces participaban como jueces y guardias populares. A partir de ese momento, los privilegios que conservaban parecieron injustificados e insoportables. La mayoría de las veces no pagaban impuestos por sí mismos; pero, puesto que sus campesinos dependientes los pagaban, también indirectamente se debilitaba la riqueza de los señores, que estaba ya disminuida. En muchas ocasiones, se unieron con los trabajadores de sus territorios en contra de los enemigos de todos ellos, cuando se les echaban encima los recaudadores de impuestos del Rey, dragones y esbirros de todas clases. Otros muchos huyeron a la corte o a las ciudades. [179]

[Situación y actuaciones de los burgueses; las ciudades y otros: 93, 114-19, (116), 154-55, 170, 253, 259. Centralismo: 118, 129, 139-43, 180, 107-22, 132, 154-55, 141, 259. París y la dominación de las clases de allí, 139; la fuerza cada vez menor de los “Parlamentos”.]

Los gremios y las corporaciones dirigían totalmente y finalmente limitaban el trabajo, la renovación de la producción y toda su adaptación. Numerosos grupos especiales en su interior intentaban limitar la libertad del trabajo a su conveniencia. Del mismo modo hacían, por su parte, los ayuntamientos de las ciudades (1539, 1557, 1623). Numerosas “ordonnances” del rey iban por el mismo camino (1285, 1306, 1326, 1351, 1539, 1552, 1554, 1676-82). [Órdenes de 1581, 1597, 1673; objetivos; North-Thomas, 126; Pirenne 210.]

En las “manufacturas reales” se establecieron (desde el S. XV) las normas fundamentales de la administración real, así como los impuestos (“Instruction générale”, 1670). [164] Por consiguiente, la gente no estaba en absoluto entusiasmada para invertir – o perder – su dinero y trabajo en ellas. De acuerdo con el pensamiento mercantilista, toda la economía se dirigía y limitaba mediante numerosas y estrictas normas.

Los reyes siempre estaban a la búsqueda de dinero inmediato, sobre todo para cubrir la urgente necesidad de financiar las interminables guerras. Los impuestos se diseñaban con la intención de conseguir la mayor cantidad de dinero posible de la forma más inmediata, sin preocuparse en absoluto por las consecuencias generales. “La meta del impuesto no era el obligar a pagar a quienes tenían mayor capacidad, sino a aquéllos que no tenían la posibilidad de evadir el pago.” Por lo tanto, no lo quitaban a los ricos sino a los pobres. Reyes, nobles y burgueses colaboraban para trasladar la carga y los impuestos sobre las espaldas de los campesinos y trabajadores.

Pero no había allí [en Francia] las condiciones que había en Gran Bretaña. Dado que el comercio exterior era escaso, no era fácil recaudar impuestos. Puesto que los grandes y pequeños burgueses deseaban escapar de la insaciable codicia del rey, no invirtiendo en sus negocios lo que ganaban, lo utilizaban haciendo préstamos usurarios, o bien comprando tierras; transformándose por ese camino en una nueva nobleza burguesa. Al final, los suficientemente ricos aseguraban sus ganancias comprando tierras y títulos nobiliarios.

Por eso se idearon en primer lugar los monopolios para la “venta de oficios” [funcionarios] y de recaudadores de impuestos. Ése fue, en primer lugar, el único camino que parece encontraron para recaudar impuestos. A primera vista, tal proceder tuvo un éxito asombroso. Como todo estaba bajo el dominio del Rey, “todos querían ser alguien por recomendación del Rey”. Para todos era mucho más seguro y agradable el cobrar impuestos que el pagarlos, y de ello vivían. Mediante los oficios de funcionario, muchas veces sus compradores se convertían en nobles. “En las ciudades, un hombre como es debido tiene su oficio, y también el fraile en su convento.” “Un mercader que tiene algún ahorro, desea llegar a ser un funcionario en su ayuntamiento, no tiene otro deseo, no quiere tener nada que ver con el comercio”; y “una vez enriquecido, le da vergüenza ser mercader”. “Cuando un campesino de cierta habilidad hace algo bien, le hace a su hijo dejar el carro, lo envía a la ciudad y allí le compra un puesto de funcionario.” Los oficios se eliminaban y creaban sin cesar, con lo que de nuevo tenían que comprarlos y volverlos a comprar incluso quienes no querrían hacerlo. Los ayuntamientos de las ciudades, por ejemplo, llegaban a arruinarse al no poder soportar tales cargas [115, 259]. “No encuentro un rasgo más vergonzoso [que ése] en la fisonomía de la Antigua Monarquía.”

En aquel Estado en el que todo se compraba y vendía, “descubrieron que era una ventaja el hecho de que el Rey pudiera vender el derecho de trabajar”.

Por ese camino, por un lado, en los asuntos prolongados se perdía mucho dinero para la caja del Rey, en los bolsillos de los jueces o recaudadores. Por otro lado, “la mayoría de los oficiales eran de por sí burgueses”. Como ganancias de sus negocios, compraban una “oficina” o concesión del gobierno, una “granja [coto] de impuestos” y numerosos monopolios, sobre todo tras haberse aprobado en 1604 la ley llamada “Paulette” (por su creador el financiero Charles Paulet), por la que los funcionarios públicos – magistrados, oficiales reales – podían hacer hereditarios sus cargos a cambio de un pago anual de acuerdo al “valor” del cargo.

Tan necesarias eran las inversiones, alimento de la economía y de algunas nuevas clases, que cuanto más escasas se hacían, más difícil era ampliar nuevas actividades para incorporar sus plusvalías. A partir de ahí, con un fondo fiscal reducido los impuestos de base/fundamento impositivo como consecuencia de ello, incluso el dinero para el Rey entraba con dificultad y escasez. Aunque suavizaron algunas cargas a fin de impulsar los negocios, dando facilidades para no pagarlos, los impuestos se reducían a la nada. No había manera de salir de ese círculo vicioso, imposible de romper sin cambiar la naturaleza misma del reino.

Al percatarse de las consecuencias de esas “instituciones perjudiciales y aborrecibles”, e inspirados de alguna manera por las ideas del mercantilismo, los reyes intentaron gradualmente expulsar a los beneficiarios de oficios, colocando en su lugar a funcionarios del Rey [132] y estableciendo nuevas “contribuciones razonables”. Pero las medidas propuestas les parecieron difíciles y de gran riesgo. Cuando alguna vez, mediante un gran golpe, se atrevieron a cambiar las cosas en favor del Rey, enseguida se generaban litigios y jaleos (1636-43, 1648-9, 1749-76, 1786-97). Las reformas, aun cuando tuvieran un lado bueno, reforzaban siempre el poder del Rey. Por lo tanto, no sólo se posicionaron en su contra los beneficiarios de oficios y monopolios sino también la gente sencilla, puesto que habían visto demasiadas veces que los cambios siempre se hacían en su propio perjuicio. [P: 35-39, 375-17.]

De ahí se vio – y claramente por cierto – que tales tráfico y mercadería de cargos oficiales eran funciones indispensables de aquella economía, y también de aquella política. “Mediante el sistema de cargos oficiales los tributos quedaban escamoteados ante los ojos de los franceses, puesto que no se atrevían a poner en evidencia las verdaderas medidas.” “El tráfico de cargos oficiales no fue la forma de colocar la monarquía bajo los burgueses sino, por el contrario, el camino de poner a los burgueses bajo la nobleza y la monarquía para un buen periodo.” (¡Un periodo de trescientos años, nada menos!)

Sin tráfico de venta de cargos oficiales, los frutos de los tributos podían caer y, además de esto, abrir las puertas a la revolución.

Cuando las modernas burguesías de Flandes, Toulouse, Burdeos y Baiona perdieron la protección de los Reinos de Inglaterra y de Nabarra, cayendo en las garras del Rey de Francia, perdieron también su libertad y su especial y fructífera forma de actuar, arruinadas por el gobierno de París. (253) Aun así, en algunos Pueblos donde conservaron sus Fueros y “Estados” especiales, “los impuestos se recaudaban con orden y mesura”. Los campesinos y marineros de Occitania, Bretaña y el País Vasco se vieron aún peor afectados, como se observó rápidamente.

Algunos reyes de Francia se valieron de la Inquisición durante largo tiempo, sobre todo con la finalidad de someter a las regiones de Toulouse (1209-54) y a la Orden del Temple (1307-14). En los últimos años del siglo XIV, la Inquisición fue rechazada en todos los reinos (exceptuando el de España con sus dominios), y así ocurrió también en Francia (1502) por medio del galicanismo, cuyo precedente quedó establecido por la Pragmática Sanción de Bourges (1438). Por lo tanto, el poder general del Rey se reforzó una y otra vez, utilizando el pretexto de que en todas partes aparecían o se hacían aparecer herejías, brujerías y hechicerías (los diablos de Loudun, 1633-34). Ni siquiera quedaban ya para entonces rastros de libertad de expresión, puesto que no había forma de escapar de los estrictos caminos impuestos por el Gobierno y la Iglesia.

Del mismo modo, los reyes capetos “de Francia y de Nabarra” (1285-1328) extendieron un pavoroso temor también entre el Pueblo Vasco (1309-10), acompañando y aumentando con barbaries nunca vistas las maldades de la Inquisición española.

Muy pronto (1535) comenzaron las acciones, guerras y espantosas matanzas contra los Protestantes, llamados en Francia Hugonotes. Tras el inicio de las llamadas “Guerras de religión” en 1562, diez años después se producen matanzas en París (“Masacre de San Bartolomé”, 1572) y en La Rochela (1573, 1622, 1627-28), con gran júbilo en España y Roma. Aunque la época de cacería se calmó durante algún tiempo por los Edictos de Nantes y Fontainebleau (1598-1685), las consecuencias fueron duraderas y profundas, especialmente para el mundo de los comerciantes.

(El Edicto de libertad religiosa llamado de Nantes, decretado por Enrique III de Nabarra y IV de Francia en 1598, fue revocado por su nieto en 1685 mediante el Edicto de Fontainebleau, tras haberse reiniciado –1675– en Bretaña la brutal represión contra la población insumisa, finalmente bajo el pretexto de que era protestante. Fueron las llamadas “dragonadas misioneras”, cuyas “evangélicas apelaciones” a la conversión consistieron en horribles salvajadas realizadas contra la población por los dragones o tropas reales del Rey Luis XIV, llamados “misioneros con botas”, y que sobre todo en Languedoc se prolongaron hasta principios del Siglo XVIII.)

Encontrándose los trabajadores urbanos, las ciudades y los “parlamentos” en la mayor irritación y enojo, todos ellos en alguna medida se unieron en la rebelión popular llamada “fronda”, que precedió a la de los nobles (Frondas de 1648-53). Pero, una vez más, tenían la partida perdida en el mismo momento en el que, en Inglaterra, el Parlamento, la República – y la dictadura del “Nuevo Ejército Modelo” – resultaban vencedores. Mientras que la lucha entre el Rey y los grandes nobles era algo así como una “guerra de risa”, fueron los trabajadores de manufacturas y los campesinos quienes hubieron de soportar una espantosa venganza. Tan amplias eran las persecuciones de aquel “Gran Siglo”; tan espantosa, sangrienta y sin piedad era la opresión del Gobierno, que el mismo “Rey-Sol” – de tan gran renombre – tenía miedo de que fueran recordadas. Así pues “aquel espectro que nos parece más un mongol que un occidental” ordenó escudriñar, cortar y anular los documentos conservados por la administración sobre aquellos hechos (1668). (En aquel “gran y glorioso Siglo” de Francia las gentes eran tan perversas y ciegas que sin cesar andaban sublevadas – todo lamentos y pretextos – puesto que no tenían qué comer, dado que los soldados les quitaban las cosechas y la vida; y no podía tolerarse que el admirable resplandor del Rey y del reino quedara sin verse y necesitado de ser proclamado, sólo a causa de menudencias tales como ésas.)

Así pues de esta manera, después de escapar a la situación y los acontecimientos terribles del Siglo XVII, en el XVIII se mejoraron las condiciones generales, incluso en aquel reino, y se facilitó y mejoró la vida humana. ¡Sin embargo no se había producido allí ningún milagro! Cansados de la guerra, algunos gobiernos sensatos de Inglaterra y Francia se habían encaminado temporalmente por un sendero de paz, cortando aquel funesto derroche de sangre y dinero. “El Rey hablaba siempre como un maestro, pero gestionaba las noticias del Pueblo a diario.”

Había una mayor libertad de trabajo y, al mismo tiempo, se extendieron nuevas técnicas en las labores agrícolas y en los talleres de manufactura. Lo mismo ocurría en el ámbito marítimo: “Burdeos realizaba un comercio mayor que el de Liverpool”. (Aunque desde hacía tiempo estaba obligado por los estrechos mercados y leyes de Francia, era en Burdeos, y no en Paris, donde se encontraba la burguesía más moderna y avanzada.) La burguesía francesa no era ya tan débil y temerosa como antes. Convertida en una poderosa clase de banqueros, mercaderes y propietarios de talleres, quería hacer oír su voz el gobierno y, sobre todo, en las cuestiones financieras del gobierno. [Pil: 372-3.]

Por consiguiente, los cargos oficiales que se habían vuelto “perjudiciales desde el punto de vista económico e inútiles desde el punto de vista político” fueron apagándose poco a poco, sin necesidad de recurrir a leyes especiales. [P: 412.] Los impuestos eran recaudados de forma un poquito más moderada, segura y equitativa, y fueron incrementándose con la expansión de las industrias, en lugar de hundir toda la economía. Las violencias de los recaudadores fueron reduciéndose. Según los archivos de la época “se veía con más frecuencia un respeto por la libertad y la vida de las personas, así como la preocupación por aliviar las desgracias de los necesitados”. “No se cambian las leyes, pero se actúa de otra manera.”

“El campesino ya no era un siervo como antes; además, se había convertido en propietario de la tierra.” “Tal situación se veía sólo en Francia, o bien en las regiones muy cercanas.” Las relaciones entre las clases estaban muy cambiadas: los labradores y otros trabajadores eran mucho más libres; los nobles, más moderados; y los burgueses, más dinámicos.

A pesar de todo, aun siendo aquello positivo, los defectos del absolutismo no habían desaparecido, ni de lejos.

Los odios entre las clases, así como los intra-clasistas, lejos de suavizarse eran agrios, duraderos e insuperables, y un obstáculo para la transformación de la economía. (El asunto “de los carruajes”, 1760; ventajas para la guerra, 1781.) “En el 89 [1789], los nobles y los burgueses se encontraban más divididos que nunca antes.”

[Cargos y oficiales públicos: 132-2; funcionarios: 132, 136.]

Los excesos y barbaridades de los impuestos seguían siendo los mismos en la mayoría de los lugares, en perjuicio de toda la economía y, sobre todo, de los campesinos. [160.]

“A veces, la situación de los campesinos franceses en el siglo XVIII era peor que en el siglo XIII.” Desde todos los lados los obligaban, con gran espanto, a entregar dinero, trabajo y otras cosas. Los impuestos cargados sobre sus espaldas, los trabajos forzosos que debían ser realizados por ellos, la sangre y las penurias de la guerra que ellos mismos tenían que sufrir, mientras que los nobles y los burgueses estaban legalmente exentos de ello. [Impuestos: 104, 186.] No estaban allí aquellos “nobles-granjeros [nobleza rural] y yeomen” (que había en Gran Bretaña), los cuales vivían entre campesinos y que, aunque fuera por interés, los protegían. [Percepción; jueces: 125, 151, 187; Rousseau: 182, 154, 184, 182-0.] No tenían otro remedio que huir y esconder incluso los alimentos. “¿Acaso este estado de cosas no se parece a las que ocurren en las posesiones de un rajah del Hindostan?” “En una aldea del siglo XVIII todos sus habitantes son indigentes, incultos y groseros.” Para encontrar soldados, eventualmente tenían que ser los desposeídos de más baja extracción. “Según parece, no había carga que fuera para los campesinos más insoportable que ésa; así que, para no caer en esa situación, huían a los bosques, siendo necesario ir tras ellos con armas en las manos.” Por otra parte, para los hombres de más alta alcurnia las desgracias de la milicia les habrían parecido demasiado duras. [40, P: 372.]

[Sobre los vagabundos: P: 372, 404; T. 187.]

En la segunda mitad del siglo XVIII, en cambio, las guerras comenzaron de nuevo y con mayor frecuencia. Una nueva ambición hacia las colonias destrozó la alianza con Inglaterra. Una vez más, se vació la caja del Rey, y las reformas necesarias tuvieron que detenerse puesto que no había el dinero necesario para ello (1778-83).

Finalmente, al parecer se percataron los grandes burgueses que trabajaban al servicio del Rey de la necesidad de hacer una profunda reforma. Existían los hombres clarividentes y de buena voluntad que se necesitaban para ello, los cuales querían implementar las ideas de la nueva ciencia económica. También los reyes, de alguna manera, aceptaban y patrocinaban tales intentos, incluso si ello era con grandes y perjudiciales titubeos. Para cuando se iniciaron las reformas, los obstáculos generales eran demasiado grandes, y el plazo demasiado corto.

En los últimos años del reino, cuando se extendieron la sequía (1785), la hambruna (1786), la carestía (1788), y el frío intenso (1789), la vida se endureció en gran medida, y se reforzaron de nuevo los movimientos populares nunca extinguidos (1752, 1775, 1781-9). La libertad de trabajo tan necesaria para entrar en la era moderna fue negada o entorpecida por gobiernos, corporaciones y grandes señores hasta el final del reino. Quienes querían aferrarse a los privilegios de antes y todos los que tenían miedo del hambre se asociaron en contra de la reforma, incluyendo a la gente humilde de París (“Guerra de las harinas”, 1775). Un pernicioso miedo a lo peor atenazaba a todos. [La burguesía reaccionaria; Tratado Eden, 1786.] En vez de esperar y acompañar un cambio incierto, preferían quedarse como estaban antes, conservando tanto su riqueza como su miseria. Siendo siempre el rey el dirigente, nadie confiaba demasiado en él, ya que todos los cambios, como siempre, servían para conservar o incluso ampliar su poder. Si acaso mostraba su fuerza, todos lo temían. Si parecía débil, pensaban que era una buena ocasión para debilitarlo aún más. Como las clases bajas no tenían capacidad para organizar una política propia, intentaban siempre colocarse a favor de los nobles, de los burgueses o del Rey. [Desconfianza mutua.] Algo sorprendente a primera vista: incluso los mismos países que vivían peor por culpa del gobierno, no tardaban en ponerse “a favor del Rey”. Aunque no les gustara la ley antigua (o semi-antigua), habían aprendido a lo largo de los años que todos los cambios se hacían en su contra.

A pesar de todo, rompieron los obstáculos que había para transportar grano (1774); también las corporaciones: un camino imprescindible para asegurar la libertad de trabajo (1776). (Curiosamente, el economista y filósofo escocés Adam Smith publicaba en Londres su obra ‘The Wealth of Nations’ el mismo año 1776.) En la misma línea, se abolió el trabajo forzoso de los campesinos a cambio de un nuevo impuesto sobre los ricos (1776). Los señores y los conventos que aún mantenían los últimos siervos los perdieron, eliminando por completo el último residuo de la servidumbre (1779). (El decreto – ukase – del zar Alejandro II por el que quedaba abolida la servidumbre en Rusia se produjo en 1861.) Los Parlamentos (y por tanto los puestos oficiales) intentaron debilitarse desde la raíz (1766, 1771), retrocedieron poco después (1774), y avanzaron nuevamente (1788), en una danza interminable. [Ferme, 1777; nuevo impuesto y parlamentos, 1787; Pil, 355.] Los grandes señores arruinaron la última salida que le quedaba al reino, firmemente decididos a permanecer sin cambiar nada en absoluto (1787-8).

“De entre los de todos sus antecesores, el reinado de Louis XVI ha sido el periodo más benéfico, y aquella misma abundancia impulsó la revolución.” “Cuanto más iba mejorando la situación, tanto más insufrible era a ojos de los franceses.” “Aunque las cosas vayan cada vez peor, no siempre caemos en la revolución a causa de ello.”

“Cuando una nación está cansada y harta, admite que la atraigan por medio de la mentira, pensando que eso le dará descanso.” “Para ilustrar el poder del Rey, sin correr el riesgo de confundirse”, “algunos hombres sometidos y tristes pueden ser comprados con dinero”, dando una falsa apariencia en sustitución de la verdadera libertad. “Pero cuando la revolución comienza, tales intentos fracasan y enfurecen al pueblo, no lo calman.” “En un pueblo que es libre, hasta el ciudadano más humilde sabe eso.” En cambio, en una sociedad que vive bajo el despotismo, incluso el gran señor más ilustrado parecía no saberlo. Hoy en día, al menos sabemos bien que en tales condiciones finalmente el puchero revienta.

De ahí en adelante nadie podía echarse atrás, y la gran Revolución estaba a las puertas. “Nada podía detener a la burguesía Francesa, cuando decidió reunirse con los campesinos.” Por aquel camino, “apareció en 1789 una fuerza que nadie había imaginado”, cambiando totalmente las condiciones y actuaciones internacionales y sobre todo las de la guerra.



VIII – Dominación por España de los Pueblos y Estados vecinos


En los territorios del califato de Córdoba se desarrollaron las prósperas actividades de artesanía y comercio en las grandes ciudades, junto con avanzados sistemas de laboreo de tierras de los asentamientos rurales. Las ciencias de Grecia y Bizancio crecían y se difundían desde allí hacia las atrasadas sociedades del norte. Por tanto, el poder del gobierno, la organización de la economía y las ciencias tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones. El empleo de esclavos y siervos se fue haciendo muy escaso (S. XI-XII), sustituido por ocupaciones más productivas. Según pusieron de manifiesto algunas revueltas (750, 797, 814, 1013, 1031), las fuerzas del pueblo y de determinados grupos no estaban oprimidas como se creía; sino que sacudían los fundamentos del despotismo. (Los “bárbaros” de allí, las gentes amazighíes o bereberes, estuvieron siempre aferrados a su libertad, puesto que ni siquiera los árabes los sometieron por completo.)

Una vez que los cristianos iban ocupando las tierras, debieron conceder un amplio margen de libertad a los nuevos pobladores venidos desde el norte, otorgándoles a tal efecto fueros especiales. Pero la época feudal, incluso breve y limitada, no llegó a arraigar. “En España casi no hubo feudalismo.” El despotismo Oriental o Asiático, que ascendía según las normas de la Conquista fue imponiéndose. Los grandes Señores y las Órdenes Militares consiguieron en lo sucesivo las “nuevas tierras” concedidas por el Rey. A partir de entonces cultivaron sus extensos señoríos y propiedades mediante siervos y esclavos. Todo el sistema de laboreo de tierras y de riegos organizado por los musulmanes fue destruido. (Desde el punto de vista de los cristianos, la fascinación de los musulmanes por el agua no era sino cosa del diablo.)

Al igual que había ocurrido en la antigua Roma (siglos II-I), “el mal trabajo desplazaba al trabajo bueno”. Los trabajadores musulmanes o cristianos que estaban apegados a la libertad de trabajo huyeron. Quienes no querían o podían marcharse, al quedar sin trabajo, pasaban hambre y enfermaban. “En tales condiciones, el campesino cristiano no podía estar satisfecho.” Incluso el trabajar llegó a convertirse en algo maldito y vergonzoso entre los cristianos. Mientras tanto, “el pueblo asimiló a muchos musulmanes y, asimismo, a un grupo especial de judíos; los judíos eran más hábiles que la mayoría de los hispanos; y los musulmanes, más entregados al trabajo”. “De aquella situación, entre otras cosas, provenía la envidia de los trabajadores cristianos en contra de los musulmanes”. Aquella gente estaba también amotinada en contra de los terratenientes que empleaban esclavos y siervos musulmanes, y “ése fue el último movimiento en la lucha de las llamadas ‘germanías’ (1520-22)”. Los reyes hispanos se adueñaron del gran Reino de Granada (1492) mediante una guerra despiadada, en la que un tercio de la población perdió la vida.

Inmediatamente después de haber sometido el reino, los cristianos comenzaron a romper las promesas hechas en los acuerdos que se habían establecido para finalizar la guerra, negándolas por completo sin tardanza (1502, 1525-6). Al recrudecerse de nuevo la ofensiva contra la religión de los musulmanes (Pragmática Sanción de 1567), estalló la gran rebelión de las Alpujarras. Los habitantes fueron aplastados mediante una guerra y carnicería terribles, sin ninguna clemencia (1567-70), expulsando y dispersando después a los que quedaron con vida. “En aquéllas que eran de las más hermosas tierras del Mediterráneo, crearon un desierto.” Antes que eso los judíos ya habían sido expulsados (1492). “Algunos aconsejaban que había que eliminar a todos los musulmanes; otros, que todos debían ser llevados a las Indias, para que los árabes trabajaran en las minas de allí; siendo la opinión de todos que no era la hora de hacer las cosas a medias.” Finalmente, expulsaron a todos los musulmanes (1609-14, 1712). “Los sufrimientos, miserias y ultrajes que aquellas gentes tuvieron que sufrir son inconmensurables.”

En la Edad Media, los hispanos tenían en la tierra su poder, preferencia e intereses más apremiantes. Sin embargo, las lanas de allí “ocuparían el lugar de las lanas de Inglaterra en los talleres de manufactura de telas de los Países Bajos, en la última etapa de la Edad Media”. “Pero la lana de la Mesta la transportaban los barcos de Galicia, Portugal y el País Vasco.”

La lana se vendía como se quería, para satisfacer la creciente demanda de los talleres de manufactura de Europa del Norte. Los grandes propietarios de ovejas se asociaron en una organización llamada Mesta. En sus desplazamientos, llamados “transhumancia”, los rebaños pastaban de las tierras de todos. Desde el principio, se beneficiaron de las ventajas concedidas por el Rey, siendo también el medio más fácil y rápido para recaudar los impuestos reales. “Fernando e Isabel no perdieron el tiempo para demostrar que estaban verdaderamente a favor del pastoreo, como forma de aprovechar sus Estados. (Madrigal, 1476; Toledo, 1480; Toro, 1505.)

Según su estrecho “mercantilismo pastoril”, “las materias primas debían exportarse, puesto que así era más seguro obtener a cambio abundancia de oro y mercancías extranjeras”. Pero, ante todo debían conseguir dinero inmediato para pagar sus guerras y conquistas. No tenían tiempo para explorar los posibilidades de una economía a largo plazo y más incierta. Esas medidas “les proporcionaban poderes inusitados a los propietarios de ovejas y a la Mesta; mediante ellos, el pastoreo alcanzó una superioridad indiscutible sobre todos los modos de vida de las sociedades rurales, a lo ancho de todo el reino”.

A diferencia de Inglaterra, los grandes ganaderos eran los mayores adversarios de los “cercados” que tenían los campesinos. Pero en el Siglo XIV en adelante, la Corona, junto con su Consejo y los jueces, se adueñaron de la verdadera dirección de la Mesta. Y con la llegada de la nueva dinastía de los Habsburgo esa política se reforzó y endureció (1517, 1525, 1552, 1560, 1566, 1580, 1582, 1604, 1633, 1644, 1658, 1690), aunque cada vez más frecuentemente las ordenanzas “no eran sino papel mojado”.

En el tiempo de aquellos reyes “renovadores” y del gran emperador, se arruinaron las labores y cosechas agrícolas. Se talaron y quemaron los bosques para crear nuevos pastos, así como para fabricar barcos. Las nuevas prácticas de los mercaderes fueron obstaculizadas por los Reyes. Si el Gobierno de Francia arruinó las ferias de Champagne bajo el peso de los impuestos, el de España le pegó fuego al gran recinto del mercado de Medina (1520). Al final, “las ovejas de la Mesta se comieron a los hombres”.

La autocracia se valió de la Mesta para imponer su poder absoluto y convertirse en señor de todas las clases sociales. La Iglesia, la nobleza, la organización de los jueces, la “hermandad” o policía de las ciudades, las órdenes guerreras y religiosas, los campesinos, las poblaciones rurales, las ciudades y todos los derechos de los reinos fueron debilitados, perdidos o apropiados por dicho poder. Los antiguos fueros y las grandes libertades fueron lanzados al viento. De este modo se puso en marcha el despotismo asiático de los españoles: no construyendo y conservando canales, compuestas y acequias para el agua sino alargando y ensanchando las cañadas y los caminos de ovejas. [Lepage: 143.]

Para debilitar las ciudades “este objetivo se aceleró persiguiendo luego a los llamados ‘comuneros’ de las ciudades”. El Rey derrotó a ese nuevo movimiento (1520-3) urbano en Villalar (1521), dos meses antes de la batalla de Noain, debilitándolo a continuación a los grupos armados que ocupaban el Estado Nabarro para toda una época. Entretanto, los gobernantes de España se esforzaban en su empeño de apartar a los miembros de ese movimiento, sobre todo en el País Vasco. Fácilmente se ven por todas partes estrechas relaciones entre todos esos conflictos. (En 1514 apareció el primer libro dedicado a menospreciar la libertad del Estado Nabarro, ocultando los delitos de los agresores españoles, que eran elogiados: ‘De Justitia et Jure obtentionis ac retentionis Regni Navarrae. Su autor, Juan López de Palacios Rubios, fue desde 1510 Presidente de la Mesta durante doce años, elegido para ese cargo por ser el miembro más antiguo – Ministro Principal – del Consejo Real, y por tanto consejero y servidor de los reyes.)

Comprando en otros Estados las mercancías manufacturadas, lo único que hacían era vender materias primas. En lugar de aumentar y renovarse, los talleres, desaparecían (sobre todo a partir de 1580).

“Los españoles se convirtieron en un pueblo que vivía a costa del oro y la plata que venía de las Indias, y del trabajo que venía de los Países Bajos”, los mayores asesinos, ladrones y malhechores en los Estados del mundo. (J. Burckhardt.) “El sueño de todos ellos era el vivir de las ganancias del dinero” o, lo que es lo mismo, “amparados en empleos del gobierno”. Incluso trescientos años después de su llegada, en América “todos los españoles, aunque fuesen los más pobres y desdichados, quieren ser señores principales y vivir para su propio provecho, sin trabajar en servicio de nadie, sino obligando a otros para que trabajen al servicio de ellos”.

Los campesinos, en las tierras de los pueblos y de la Iglesia conservaban tales modos de vida; no obstante, “aún en pleno siglo XVIII había siervos de la gleba en Baena”. Las gentes sin recursos tenían – entre otras – estas hermosas salidas: “soldado, fraile o mendigo”. Quienes no soportaban tales cosas se escapaban cuanto antes. Otros, por miedo, vivían escondidos, o como ladrones en caminos y montes. (North-Thomas: 118; el pueblo llano a favor del rey y la iglesia.)

Se extendieron espantosas guerras, sequías, lluvias torrenciales, hambre y terribles epidemias, más prolongadas e interminables que nunca (siglos XIV-XVII). “Apenas hubo año alguno sin epidemia”. (Madrid y la suciedad.) “En tal país tenía su base aquel terrible gobierno, cuya bandera era sacudida por los vientos de todas las tierras del mundo. Mientras Andalucía y España entera se debilitaban por el hambre, bullían en Madrid todo tipo de fiestas”, “para que Felipe, nuestro gran Señor, se entretuviera en su ocio”.

Una vez aplastadas las rebeliones que se producían, a continuación los gobiernos y los historiadores también las ocultaban. (Sin salir de Córdoba, éstas ocurrieron en 1310, 1426, 1428, 1497, 1506, 1521 – el mismo año de Villalar y Noain –, 1575, 1641, 1645 y 1652. Así como en Francia la Fronda de los nobles tapó la del pueblo, del mismo modo las acciones de los nobles ocultaron el movimiento popular por la libertad de Al-Andalus.) La mayoría de la gente no tenía, en absoluto, fuerzas para oponerse, después de haber estado años y años hambrientos y enfermos. Como no suele decirse, el hambre no hace surgir la revolución, sino que la destruye. “Si el hambre hubiera podido hacer surgir levantamientos en ese país, el reino de Córdoba habría vivido durante muchos siglos en continua agitación.” Sin embargo, algunos trabajadores musulmanes tuvieron que ser mantenidos en el viejo Al-Andalus para enseñar a los cristianos los sistemas de agricultura. Y no habiendo abundancia de ellos para trabajar en aquellos parajes despoblados, en lo sucesivo tuvieron que hacer venir trabajadores también desde Francia y Alemania.

“Aquel reino absoluto de España, únicamente en el envoltorio tiene el aspecto de los reinos absolutos de Europa; en el resto debemos mejor clasificarlo al lado de esas clases de gobierno asiático.” Observando lo que ocurrió en otros reinos de Europa, “en España, en cambio, los hijos de noble cuna se humillaban a fin de no perder sus ventajas especiales. Por su parte, las ciudades de allí perdieron el poder que tenían en la Edad Media, sin por ello haber obtenido la importancia que les corresponde en un mundo moderno”. Mientras en otros reinos se fortalecían las clases medias, en España pronto no hubo clase media ni ningún tipo de clase social definida. Dentro de otros reinos se veían guerras y revoluciones; pero, tras la destrucción o el destierro de musulmanes y judíos, la lucha interna se apagó para cuatrocientos años, por falta de combatientes.

La Inquisición que los reyes españoles habían establecido junto con la Iglesia de Roma era el guardián del pueblo, imponiendo un terror absoluto. (Por estos motivos el Santo Padre le otorgó al Rey Católico su título, para distinguirlo de entre los otros reyes que no le parecían muy católicos. A pesar de todo, aquéllos no han sido todavía elevados a los altares, como sí lo fue San Luis de Francia. “Los españoles son grandes pecadores, pero buenos cristianos.” “La fe tiene una importancia mucho mayor que la moral.”)

Ningún tribunal en ningún lugar alcanzó y mantuvo un poder tan profundo y duradero como el temible tribunal en España. Despreciando las ciencias y otros conocimientos conseguidos gracias a los musulmanes, incluso el introducir libros escritos en lenguas corrientes debía pagarse con la vida. Los esbirros del Rey y de la Inquisición, que pululaban por todos los rincones con los oídos atentos, hizo posible que “nadie se atrevía a hablar, ni tampoco a quedarse callado”, al menos si se quería evitar el ser quemado vivo en las hogueras de los llamados “autodafé”. A pesar de que percibían el olor a carne quemada y el mortificante humo, eso al parecer no molestaba los raptos místicos y las delicadas conciencias de los santos. Ligado a otros grandes infortunios, el Santo Oficio conseguía fuerza renovada cuanto mayores eran las hambrunas y pestes del “Siglo de Oro”. A pesar de estar en gran medida debilitada, y de tener hartos al propio Rey y a los poderosos, “era conocido que la Inquisición ejercía su poder especialmente sobre la gente corriente”.

“A lo largo del tiempo algunos ojos comenzaron a rasgarse”, pero “la salvaje pasión espiritual” española “rechazó lo que se llamó Renacimiento al considerar que, en nombre de la razón, se atrevía a entrar en el dominio de lo sinrazón”. “En su fuero interno, el español reconocía que semejante dominio era la esencia misma de su nacionalidad.” “La verdad era sólo una, y España tenía su propio camino para alcanzarla.” “Los españoles creemos, con plena razón, que la verdad es nuestra”, dicen también hoy en día los españoles, después de quinientos años.

La auténtica lucha de clases se consolidó entre las naciones, especialmente en los Estados ocupados. En Granada, Nabarra, América, Italia o en los Países Bajos, el poder español se puso de manifiesto mediante guerra, saqueo y todo tipo de opresiones, para saciar “los grandes deseos imperialistas de los reyes” españoles. Así se hizo, en esencia, el Siglo de Oro. De ahí surgieron, igualmente, las graves consecuencias posteriores.

Las enormes necesidades de dinero para todas aquellas interminables guerras fueron siempre en aumento. Aquel “reino que no hacía otra cosa sino debilitar y destruirlo todo”, tras someter a los pueblos de América mediante pura violencia y terror, obtenía y derrochaba con facilidad y sin límites el oro y la plata robados allí. A causa de esa abundancia, los precios subían. Por cierto, el capitalismo que estaba surgiendo en Europa supo aprovecharlo. Una vez agotadas las fuentes más productivas tras acabarse el oro de México y Perú, y agotada también la montaña de plata de Potosí, el reino sin límites, “el más extenso y rico del mundo”, estaba endeudado hasta las cejas. “Pero, eclipsando a todos los demás, estaban los ingresos de los Países Bajos, que en pocos años eran diez veces mayores que los originados por cualquier otra fuente, incluidos los traídos de las Indias.” Tras haber ordeñado a esa “vaca lechera” hasta el agotamiento y dejándola al borde de la muerte, finalmente la perdieron como ya se ha visto antes.

[North-Thomas: 141.] El Rey intentó buscar salidas cada vez más débiles. Pedía dinero prestado en la medida de lo posible, poniendo como garantía incluso por adelantado los tesoros que debían llegar de las Indias. Los intereses que debía pagar exigían porcentajes cada vez mayores, a medida que aumentaba el riesgo. Incluso puso en serias dificultades a los Fugger y a otras poderosas casas de banca en varias ocasiones (1559-71-94). “También le sacó dinero a la Iglesia”, aunque no era cosa fácil hacerlo. Al final, como no pagaba las deudas, nadie quería adelantarle más dinero. Vendía títulos nobiliarios y cargos oficiales para conseguir de esa manera el dinero inmediato que necesitaba, pero como consecuencia de ello se estrechaba la base impositiva.

Por otro lado, gran parte del dinero caía en el bolsillo de los recaudadores, y las ganancias obtenidas se destinaban para volver a comprar tierras, títulos y cargos oficiales. Por consiguiente la mayor parte de todos los impuestos se la apropiaban los numerosos empleados, funcionarios y oficiales de nada, o bien se despilfarraban en las guerras de siempre, en lugar de alimentar una nueva economía. De este modo también, si bien el Rey conseguía una y otra vez mayores impuestos, con ello mismo se iba hundiendo cada vez más toda la economía del reino, incluidos los propios impuestos. No pudiendo desatar aquel maldito nudo incluso si falsificaba el dinero, ni tampoco soportar el ser forzado a trabajar, todo ello produjo inopinadas consecuencias aún más confusas y perjudiciales. Y, en el colmo de la imposibilidad, a pesar de que realizó intentos de producir oro mediante la alquimia, el pobre Rey malgastaba dinero y trabajo en vano.

Conocido es el viejo dicho: “En los despotismos asiáticos u orientales los gobiernos no tenían sino tres ministerios: el primero, el del robo en el interior; el segundo, el del robo en el exterior; y el tercero, para hacer funcionar los trabajos del gobierno”. Pero los españoles tenían bastante con los dos primeros para organizar el Gobierno.

Las cuestiones relacionadas con la forma de conseguir y emplear los impuestos con una pizca de buen sentido se hacían cada vez más complicadas. En aquel “reino de las 36,000 leyes” se hizo pronto evidente, al igual que en Francia, la necesidad de hacer una gran reforma. A pesar de ello, los obstáculos eran grandes, y las soluciones, escasas. Los intentos para salir de aquella situación se hicieron también tarde y con cautela (1770-1, 1796, 1814, 1824). Finalmente la Inquisición fue abolida (1834), y hasta el mismo nombre de la Mesta fue prohibido (1836). Pero el despotismo y el imperialismo de los españoles, en lugar de suavizarse, se endureció al mismo tiempo.

 

IX – La hierocracia como fundamento ideológico del imperialismo

 

Los poderosos de este mundo respetan a los fuertes y oprimen a los débiles. Por consiguiente, los Estados más débiles que no tenían el poder suficiente fueron conquistados o sojuzgados por los más fuertes, ya que estos últimos mantenían guerras despiadadas. Aunque las leyes internacionales las prohibieran, tales acciones eran ampliamente aceptadas en muchos casos. Especialmente cuando se presentaban cubiertas bajo la idea de “guerra justa”, los actores consideraban justas todas las guerras. Los conceptos relacionados con estas cuestiones a menudo se obscurecen y embrollan, e incluso también los términos, utilizándolos con excesiva laxitud o incorrección. Sobre todo cuando se traducen en modernas lenguas extranjeras las antiguas expresiones latinas “jus belli, ad bellum, in bello, post bellum; subjugatio, debellatio” y otras semejantes. (Aprovechando la rica morfología del Euskara, nosotros no tenemos ningún impedimento para distinguir correctamente esas ideas, ni tampoco dar excusas para expresarlas mal.)

Por tanto, puesto que la “guerra santa” era justa, los grandes designios de los reyes de aquel entonces obtenían con ello un gran apoyo. Según ellos, los reyes que estaban en posesión de la fe verdadera tenían pleno derecho para “tomar y conservar” los territorios “sin dueño”. Pero incluso si éstos tenían dueño, si sus habitantes no tenían “buenas creencias”, igualmente podían aquellos leales reyes cristianos dominar y apropiarse de esos territorios, “si hacía falta” mediante la violencia. Si era necesario, tras haberlo pedido por las buenas (una vez que se hacían los “Requerimientos” a los habitantes de las Américas [1513, 1519, 1534], quienes no aceptaban a los nuevos amos se hacían enemigos de la verdadera fe).

A veces, los mismos Pontífices “otorgaban” los derechos de dominar y someter. O incluso la misma propiedad, desde el principio con la condición de conquistar primeramente el territorio, o incluso antes de haberlo dominado y conocido.

El viejo principio: “nadie puede dar lo que no tiene” (‘nemo dat quod non habet) no tenía valor en esos casos: “Dios concedió a Pedro no solamente el gobierno de la Iglesia, sino también el del mundo entero”. Al ser los pontífices y los reyes cristianos señores absolutos, los desventurados habitantes sometidos no tenían nada que decir. Aquéllos que se rebelaban no tenían derecho para hacerlo; en cambio, la guerra que se les hiciera a ellos para someterlos era totalmente justa.

Quien conseguía la concesión “del generoso amo de Roma”, debía salvar a los pueblos que vivían en las tinieblas de la eterna perdición; al menos en la medida en que podían ser salvados, una vez que habían sido despojados de su libertad, su pueblo y su vida. “Los enemigos de Cristo” debían ser castigados de modo tal que, una vez que los buenos cristianos les quitaban y se apropiaban de todo lo que aquéllos tenían, quienes conseguían quedar con vida quedaban reducidos a esclavos o meros siervos. Cabe también recordar, por otra parte, que tales resultados no se lograban en vano, siendo ése un medio adecuado para recolectar dinero y otros recursos. Al tener que hacer grandes gastos en el servicio de la Iglesia, también el cielo lo tenían a la venta en aquella Roma; todo lo cual, por cierto, generó el movimiento de la Reforma.

Primero fue Portugal el que resultó favorecido, después el Rey “de Castilla, León  y demás” obtenía todo lo que quería, incluso si había que quitar lo ya dado y volver a darlo. Son las siguientes: Bula ‘Dum diversas’, de 1452, emitida por el Papa Nicolás V para el rey Alfonso V de Portugal, por la que “le concedemos por estos documentos presentes, con nuestra Autoridad Apostólica, pleno y libre permiso para invadir, buscar, capturar y subyugar a los sarracenos y paganos y cualesquiera otros incrédulos y enemigos de Cristo donde quiera que se encuentren, así como sus reinos, principados, ducados, condados, y otros bienes [...], y para reducir sus personas a la esclavitud perpetua”; la cual es considerada como “el advenimiento de la trata de esclavos de África Occidental”. Bula ‘Romanus pontifex, de 1455, también de Nicolás V para el mismo rey, concediéndole la propiedad exclusiva de todas las islas, tierras, puertos y mares conquistados en las regiones que se extienden "desde los cabos de Borjador y de Nam a través de toda Guinea y más allá hasta la orilla meridional”; el derecho a continuar sus conquistas contra sarracenos y paganos; y el derecho a comerciar con los habitantes de los territorios conquistados y por conquistar. Bula ‘Inter caetera, de 1456, otorgada por Calixto III confirmando la validez de la anterior y extendiendo los territorios concedidos a Portugal “sin interrupción hasta los Indos” (usque ad Indos).

Puesto que aquellos queridos destinatarios: españoles y portugueses, elaboraban nuevas salsas por su cuenta (Tratado de Alcáçovas, 1479), también esas cosas tuvo que tenerlas en cuenta el pobre jefe de la Iglesia, y la Bula ‘Aeterni regis, otorgada por Sixto IV en 1481, reconfirmó todo lo establecido por la ‘Inter caetera’ de 1456 y por dicho Tratado de Alcáçovas, que establecía el reparto de los territorios del Océano Atlántico entre los reinos de Portugal y de Castilla.

Después fue el Rey de “Castilla, de León etcetera” quien consiguió todo lo que quería; incluso si, retirado lo que ya estaba dado, fue necesario volver a concederlo de nuevo. Las cinco Bulas de Donación concedidas por el Papa Alejandro VI (llamadas por ello “Alejandrinas”) en 1493 en favor de los reyes de Castilla fueron: el Breve ‘Inter caetera[I] y Eximiae devotionisde 3 de Mayo; de nuevo Inter caetera [II]de 4 de Mayo; ‘Piis fidelium, de 25 de Junio; yDudum Siquidemde 26 de Septiembre de 1493.

Puesto que ese primer ‘apostolicum diploma’ (de nombre Inter caetera [I]’, fechado a 3 de Mayo de 1493) a los reyes “de Castilla, de León etcétera” no les resultaba del todo conveniente, esos reyes “de Castilla y demás” le pidieron al romano Pontífice que lo mejorara. “Antes de pedirlo, al mismo día siguiente”, el Santo Padre (Alejandro VI Borja) ya les había rubricado un segundo ‘Inter caetera bis’, fechado a 4 de Mayo de 1493. No pudiendo negar nada a unos reyes tan cristianos, el pobre hombre estaba dispuesto a reventar de trabajo, así como también a falsificar el día o el año del diploma, tal como haría después su sucesor Julio II para someter el Estado Nabarro. La mentira no es en absoluto pecado, si se hace para conseguir un objetivo santo; y la santidad de aquellos actores era un axiomático punto de partida que ellos mismos podían concederse. Finalmente, los reyes de Portugal y de Castilla etc. hicieron su propio reparto por el Tratado de Tordesillas en 1494: primer reparto del Mundo registrado en la Historia.

Pero “los reyes de Inglaterra, de Holanda y de Francia no reconocían la validez de tales concesiones”. Los mismos portugueses y españoles tampoco les tenían gran respeto cuando las cosas no les convenían. Por lo tanto, puesto que “la abundancia no daña”, éstos produjeron también otra fuente jurídica – pretendidamente basada en el “Derecho de gentes” – para sus títulos de rapiña, a fin de que la cosa no quedara por falta de abundancia.

Sea como fuere, sesenta millones de salvajes, “las hermosas razas americanas, fueron destruidos por los conquistadores llegados de España antes de que pasaran cien años. Nadie ha podido imitar un ideal como ése”. “Los españoles y los portugueses se precipitaron sobre las riquezas acumuladas en los palacios y templos.” Por medio de las riquezas así robadas adornaron los palacios e iglesias de España. “Una vez que se llevaron y agotaron aquellas riquezas, quisieron explotar también las minas; obligando a los indígenas a trabajar por la fuerza, en condiciones inhumanas.” Pero lejos de avergonzarse de aquel latrocinio y de los horribles crímenes cometidos para lograrlo, la posición oficial de estos Países sigue hablándonos hoy en día del “esplendor colonial” que atestiguan los cientos de kilos de oro que adornan esas iglesias y palacios.

“El diablo vivía en aquellos territorios”; así que, destruidas las civilizaciones originarias, soldados y frailes exterminaron sus antiguos habitantes, asesinados bien sea mediante pura violencia o por trabajos forzados, hambre, frío y epidemias. En los lugares donde caían las epidemias más duras (1521, 1545, 1576, 1585-90), podían morir dos de cada tres, o cuatro de cada cinco habitantes, mientras los blancos apenas se veían afectados. Aquellos malvados salvajes sin fe, en cambio, no tomaban muy bien esa clase de vida: preferían morir antes que soportar los bastones de los soldados y las prédicas de los frailes. Sus continuas rebeliones (terminadas en 1881) fueron aplastadas por los españoles por el método acostumbrado; a través de lo cual éstos mostraron también quiénes eran allí los mayores “salvajes”.

Al ser aquellos trabajadores pieles-rojas “demasiado frágiles”, a algún afamado amigo suyo se le ocurrió la solución a elegir: traer en su lugar a negros de África, establecer su compra-venta y hacerlos esclavos, ya que al parecer eran mucho más resistentes. Gracias a esta idea, se salvaron, prolongaron y expandieron los más altos valores de la civilización y el cristianismo. Según la opinión de los salvadores, los habitantes de allí daban a veces la imagen del buen salvaje; y otras, la de niños irracionales, estúpidos o locos. Ni siquiera sabían bien si eran seres humanos o ganado. De todos modos, una vez que los conocieron, se vio pronto que eran vagos, ladrones, falsos y lujuriosos. Para decirlo en pocas palabras, carecían de todas las dones que adornan a los españoles. Por otra parte, según parece sacrificaban también de vez en cuando a seres humanos en los altares de dioses falsos. (En los Estados cristianos, avanzados y civilizados no se hacía tal cosa. A decir verdad, lo que en éstos se hacía era quemar vivos a cientos de personas que no reconocían la fe verdadera; lo cual no era lo mismo, puesto que era algo que exigían la verdadera religión y la razón.)

Además de eso, antes de la llegada de los españoles había también guerras entre aquellos habitantes. Es sabido que entre los cristianos eso nunca ocurría, cuando no era necesario. En fin, estaba claro que tales salvajes no podían ser dejados a su aire. Los soldados y los misioneros les hacían ver que no se debían cometer tales atrocidades, pero todo era en vano. Por lo tanto, para detener tales horrores, todos debían ser sometidos a sangre y fuego, para su propio bien. De esa manera, muchas de esas fieras salvajes se transformaron al parecer en mansos perros cristianos, los cuales tuvieron que trabajar hasta su muerte para enriquecer a los españoles.

También en los reinos cristianos, al igual que en las “tierras salvajes”, los malos cristianos “perdían” sus antiguos derechos y propiedades, a veces “de por sí”, según lo “hacía saber” el Pontífice de la Iglesia; es precisamente lo que hicieron los Pontífices Medici (Clemente VII) y Farnesio (Paulo III), en contra del Rey de Inglaterra (1533-34). Otras veces el Pontífice “quitaba” todos los derechos, entregándoselos a un rey fiel, con la condición de someter previamente el reino del diablo; como hicieron los Pontífices Segni (Inocencio III) y Della Rovere (Julio II), en perjuicio del Estado Nabarro y en beneficio de sus vecinos (1196-98; 1512-13).

Todavía se enorgullecen esos Estados predadores de Pueblos de las valientes hazañas que han realizado por el ancho mundo. La Iglesia no ha condenado esos crímenes espantosos, ni ha pedido perdón, ni ha intentado reparar en todo lo posible los daños causados. Las repugnantes e impertinentes enseñanzas que a veces se le oyen no hacen sino mostrar el mismo desprecio de siempre hacia los oprimidos, y la intención de seguir por el mismo camino.



X – Los Estados pequeños ante la necesidad de mantener su independencia


En la medida en que se reforzaba el poder de Francia y de España, se debilitaban – o desaparecían por completo – las fuerzas particulares de otras partes que mantenían los equilibrios generales. Aquellos reinos que aspiraban a dominar el mundo entero debían soportar “la carga de Nínive”, según establece el eterno principio del imperialismo, de que: “cuanta más numerosa es la gente sometida, mayor es la necesidad de seguridad y beneficio”.

Al igual que ha sucedido y sucede con la mayoría de los reinos antiguos y actuales, la única estrategia de los pequeños Estados occidentales estaba ligada a su inserción dentro de una constelación que aglutinaba las fuerzas generales de progreso. A través de ese camino se debía buscar la salida, pues no había otro. Una y otra vez, mediante grandes rebeliones, revoluciones y guerras, intentaron estos pequeños Países conservar o conseguir la libertad. Todos lo intentaron, pocos lo consiguieron.

Es bien conocido cómo el Rey de Francia (además “Santo”), el Padre de Roma (de por sí Santo), y la Inquisición (por supuesto ella también Santa) se unieron para robar y destruir las tierras y ciudades del Condado de Toulouse, asesinando de una forma espantosa a millares de hombres, mujeres y niños entre 1209-55: Béziers, 1209; Montsegur, 1244; Quéribus, 1255. Demasiadas personas quemadas y demasiados santos entre los que encendían las hogueras: así es como se lograron y conservaron las sagradas e inseparables unidades de Francia y de la Iglesia.

Portugal volvió a ganar la libertad que había perdido en la batalla de Alcázar-Quibir (1578), en la que murió su rey Sebastián I. Como consecuencia de la derrota del ejército portugués y de los hechos subsiguientes, ocasionados por la falta de un heredero directo, Portugal perdió su libertad a manos de Felipe II de Castilla. Éste no esperó a que las Cortes de Portugal decidieran quién debía ocupar el trono, y con el III Duque de Alba al frente de su ejército invadió y ocupó el País en 1580 tras su victoria en la batalla de Alcántara. Sesenta años después consiguió de nuevo su independencia en 1640, aprovechando las revoluciones de Aragón, Catalunya, Mallorca, Valencia, Nápoles y Sicilia (1634-1714), puesto que tenía asegurado desde hacía tiempo el apoyo del Gobierno de Inglaterra (Windsor, 1356; Aljubarrota, 1385; Methuen, 1713).

Quienes no fueron capaces de encontrar la asociación con Inglaterra, en general perdieron todos ellos la partida. Aragón-Catalunya mostró que la firmeza en su resolución no era suficiente como para mantener aquel Estado (1563-1592; 1640-1716). Finalmente los Ingleses, deseando conservar la nueva relación de fuerzas y las ventajas conseguidas en América, se comieron la palabra dada (Tratado de Utrecht, 13-Julio-1713), dejando a Barcelona bajo la salvaje violencia de los invasores españoles. El conde de la Corzana, uno de los embajadores de Carlos VI en Utrecht, consideró el acuerdo tan «indecoroso que el tiempo no borrará el sacrificio que el ministerio inglés hace de la España y singularmente de la Corona de Aragón, y más en particular de la Cataluña, a quienes la Inglaterra ha dado tantas seguridades de sostenerlos y ampararlos».” Los propios vencedores reconocieron que se estaba haciendo la guerra contra un Estado separado, y que habían obtenido su nuevo derecho de propiedad por ser los dominadores, por “derecho de conquista”.

Los habitantes de Aquitania y los Bordeleses habían conseguido durante trescientos años excepcionales derechos y riquezas, fundados en los viñedos y el comercio marítimo, junto con notables resultados culturales que se correspondía con esa situación. Las modernas clases medias de allí habían abierto los caminos de la libertad. Pero al no poder repeler la agresión de los cañones de Francia (Castillon; 1453), el despotismo arruinó toda aquella época de prosperidad. Entonces, para “guardar” Burdeos, los Franceses decidieron construir los castillos “Trompette” y “Ha”, temerosos de los levantamientos de sus habitantes (al igual que harían los Españoles más tarde en Iruña con la fortificación de la Ciudadela y el Fuerte de San Cristóbal, para protegerse contra posibles levantamientos de esa ciudad en pro de la independencia de Nabarra). Del mismo modo tuvieron que construir en Marsella los fuertes “San Juan” y “San Nicolás”. [Myers: 144.] Aun así, el espíritu de libertad estaba despierto, dada la imposibilidad de conciliar el mercantilismo aquitano con el absolutismo francés. Entonces, inspirados por el gobierno de los Puritanos en Inglaterra, al producirse en Francia el movimiento de la Fronda (1648-53) proclamaron una república separada surgida de la revolución. “La bandera roja tremolaba en el cielo de Burdeos.” [Porshnev, 347; Pil., 130.] Y cuando tuvo lugar la gran Revolución de Francia, los terroristas de París, no pudiendo soportar tales egoístas burgueses, les cortaron el cuello a los Girondinos (1793).

En la gran persecución de los llamados “Camisards” de Occitania (1702-10) las motivaciones religioso-clasista-nacionales eran inseparables. Como respuesta a ellos, los Dragones de Francia encontraron la solución de siempre, pegando fuego a aquellas regiones y asesinando a todo el mundo, reproduciendo así las matanzas de los siglos XIII y XIV. A pesar de que las luchas de allí y las de Catalunya (Guerra de Sucesión española) estaban de por sí unidas, no hubo capacidad para implementar una estrategia conjunta de mayor alcance.



XI – El Pueblo Vasco frente al imperialismo


Al igual que en otros lugares, y como resultado de las necesidades que imponían las nuevos tiempos, también en el País Vasco comenzaron a aumentar las enemistades entre las antiguas y las nuevas clases sociales. Las comunidades rurales estaban perdiendo la propiedad de sus tierras comunales (siglos XV-XVIII), arrambladas por viejos y nuevos potentados. La agricultura, la pesca, el comercio y los talleres de artesanía, todas las actividades andaban buscando nuevos equilibrios. Y dado que las relaciones internas y externas estaban en gran medida conectadas, abrían la puerta a los ataques de los enemigos del exterior.

Las nuevas tendencias jugaron a menudo en perjuicio del Estado Nabarro. A partir de ahí, nuestro reino, que se encontraba en la primera línea de riesgo, emprendió una y otra vez la búsqueda de ayuda de Inglaterra, Aragón-Catalunya-Toulouse, y Al-Andalus. Su porvenir se decidió, en gran medida, en los territorios de otras partes, y entre soldados y batallas de otros lugares: Toledo, 1085; Zaragoza, 1118; Alarcos, 1195; Gasteiz, 1199-1200; Navas de Tolosa-Muret-Bouvines (que cambiaron toda la relación de fuerzas), todas ellas en un plazo de tres años 1212-13-14; Toulouse, 1218; Sevilla, 1248; Cocherel, 1364; Najera, 1367; Bordele-Baiona-Castillon, 1451-53; Morat, 1476; Granada, 1492; Villalar (dos meses antes de Noain), 1521; Alpujarras, 1570; Al-Kazar-Kibir, 1578; Zaragoza, 1590-92; Barcelona, 1640; Córdoba, 1641; Nápoles, 1647; Bordele, 1652; Almansa, 1707; Barzelona, 1713-14 etcétera.

Los historiadores de Inglaterra han dicho que aquel pueblo ganó la partida incluso habiéndola perdido en los campos de batalla de más allá de los mares, “puesto que consolidaron de ese modo las raíces de la libertad al asegurar el preámbulo de la ‘Magna Carta’”. Los nabarros, en cambio, en muchas ocasiones la perdieron a pesar de ganar en los campos de batalla, o incluso sin aparecer en tales lugares.

Como dice John France: “Bouvines es la más importante batalla de la historia inglesa de la cual nadie ha oído hablar”Efectivamente, tras la batalla de Bouvines contra Francia (1214), y según afirma el historiador Ernest Lavisse, “las dos Naciones emprendieron caminos distintos: Inglaterra hacia la libertad; Francia hacia el absolutismo”. Fue esa derrota inglesa la que, al debilitar el poder del Rey Juan, permitió a los Barones imponerle el año siguiente la concesión de los derechos contenidos en la Carta Magna (1215); en cambio la dinastía capetiana resultó reforzada con esa victoria así como con todas sus conquistas, fundando sobre ellas la “unidad” imperialista de Francia.

También los vascos “del Norte” comenzaron a percatarse de que sus queridos Fueros estaban desapareciendo; justo cuando la fuerza de los españoles se debilitaba al recibir una monumental paliza de las manos de los holandeses y franceses (en la batalla naval llamada de las Dunas, 1639; Rocroi, 1643). Aun así, ya fuera entre cristianos o musulmanes, los intentos de conseguir ayuda de Inglaterra, Francia o Turquía no obtuvieron éxito suficiente. Los grandes no quieren unirse a los débiles (y tampoco los pequeños, por otra parte). Despojados tan rápido como se pudo de todos sus fueros y derechos, los poderosos y los jueces de la Inquisición y del Rey extendieron un completo terror (1507, 1515, 1525-27, 1538-77, 1595, 1609-10) aprovechándose una vez más de olas de hambre y epidemias (1513, 1518, 1608). A pesar de todo, apareció bien claramente el deseo y la resolución del pueblo. (1312, 1463, 1483-84, 1488, 1601, 1610, 1631-34, 1641, 1655-59, 1661, 1670, 1685, 1696, 1717-18, 1724-26, 1748, 1784, 1793, 1804).

La guerra, los tributos y las nuevas fronteras impuestas por el dominio de Francia arruinaron la economía de Baiona, prohibiendo los caminos del País Vasco. La próspera ciudad de mercaderes se convirtió desde entonces en un puesto militar, ante la necesidad de protegerse de los enemigos “de fuera y de dentro”, al igual que Iruña y Burdeos. Incluso la pesca costera se arruinó después del Tratado de Utrecht. La mayoría de los buques y marineros de Baiona, Lohitzune y otros lugares tuvieron que marcharse, o convertirse en corsarios y traficantes de esclavos.

En su lugar, los puertos de Bilbao y Donostia se hicieron cada vez más fuertes, incluso teniendo que superar los obstáculos del Rey español. Con el fin de aprovechar y gestionar las grandes posibilidades de actuación de esos puertos, los consulados vascos crearon las famosas leyes mercantiles (1447-1737), siendo pioneros en el mundo en este tipo de normas y moldeadores de las de otros.

Los restos de los fueros se mantuvieron durante doscientos años, limitando en cierta medida el imperialismo y el despotismo. Por supuesto sin por ello ser capaces de cambiar el permanente designio de españoles y franceses: aniquilar cuanto antes los fueros y todo el Pueblo Vasco.



XII – Agresión contra el Reino de Nabarra


“Una de las características más notables del despotismo oriental es el tener que inclinarse, arrodillarse, prosternarse o arrastrarse a los pies de los dueños y señores.” No era eso algo que las gentes vascas soportaran; ni tampoco estaban dispuestos los vascos a renunciar a su libertad, como consecuencia de algunos “diktat”, y a arrodillarse ante los pies de los dirigentes de España y de Roma. Así pues, como el Estado Nabarro negaba a aceptar el dominio de los Españoles, la Iglesia descargó su ira contra él mediante excomuniones que precedían, alentaban y convalidaban las primeras invasiones, desmembraciones y anexiones (1196-1200). En cualquier caso la excomunión lanzada contra el Estado Nabarro en 1512-13 “fue la última que consiguió un efecto visible en las relaciones internacionales. Cinco años después de que el Duque de Alba entrara en Pamplona, Martín Lutero clavaba sus 95 Tesis en la puerta de la Iglesia del Castillo de Wittenberg”.

Quienes sometieron el Estado Nabarro, así como los escritores que ensalzaron tal proceder, dijeron siempre que España y los españoles habían ocupado y dominado Nabarra; reconociendo así clara y abiertamente que Nabarra no era España, y que los habitantes de allí no eran españoles. Aunque decían que “conservaban provisionalmente” el Estado Nabarro para un corto periodo, pronto el dominador se apropió del título de Rey, añadiéndolo a los que para entonces ya tenía sobre Aragón, Catalunya, Mallorca, Valencia, Nápoles, Sicilia, Jerusalén “y demás”. Una y otra vez repetía que el jefe de la Iglesia le había concedido el Reino Nabarro, y que de ello venía su “título legal”. Según la “concesión” realizada por el Santo Padre, para apropiarse del Estado Nabarro debía ser previamente sometido. El vencedor se apropió del reino. La propia concesión de la Iglesia era la fuente del título, siendo la única condición de la concesión el haber sido sometido.

Al ser muy débil un título fundado en semejante concesión, puesto que como antes hemos dicho nadie lo respetaba, los apologistas del dominio español tuvieron que enunciar otra fuente de título; y entonces afirmaron que al parecer habían sometido el Estado Nabarro “según todas las leyes de Dios, el derecho de gentes, de los hombres y de la naturaleza”.

Sabemos bien a través de qué caminos los reinos cristianos vecinos ocuparon y desmembraron (entre los Siglos XII-XVI) Nabarra, el Reino de los Vascos. Nadie dijo entonces que la ley y la constitución del Estado Nabarro debía ser respetada por encima de todo. Nadie les dijo a los dirigentes de España y de Roma que no se debía “imponer” una nueva situación, sino que eran imprescindibles elecciones, referendum y otros procedimientos previos.

La bonita palabra ‘terrorismo’, que tanto les gusta a todos los gobiernos opresores de hoy en día, todavía no había sido inventada. La inventaron más tarde los franceses, para ensalzar las espantosas masacres gestionadas por la sangrienta dictadura de la gran Revolución; pero antes de eso ya teníamos aquí noticias de esos horrores, y el Pueblo Vasco y su Estado, el Reino Nabarro, se habían visto bañados en fuego y sangre, con todos sus derechos fundamentales dejados de lado y pisoteados. Nadie mencionaba en aquellos tiempos lo de “los más sagrados fines y la gota de sangre”. Al igual que los actuales, consideramos aquellos abominables crímenes como inolvidables e imperdonables. No son “simples hechos que ocurrieron hace mucho tiempo”, sino raíz y fundamento inseparables de la situación actual. Así se cimentó el poder que desde entonces oprime a nuestro Pueblo.

Por su parte, los resistentes recalcitrantes, incluida toda la familia Jatsu-Azpilkoeta, fueron condenados por la Iglesia a los tormentos eternos del otro mundo. En éste, los que salvaban la vida, el Santo Padre Julio II quería que, una vez despojados de todos sus derechos y bienes, fuesen convertidos en esclavos de sus captores: ‘et ipsos capientium servos effici volumus(Bula ‘Pastor ille caelestis’, 1512.)

La ira, el odio y las “maledizione” refinadas que tenía hacia el Estado Nabarro el jefe de la Iglesia cuyo sobrenombre era ‘il Papa Terribile’ (el Papa Terrible), se habían extendido también hacia sus territorios desde hacía tiempo arrebatados: praesertim Vascis et Cantabris praefatis illisque loca vicina incolentibus (“principalmente a los citados Vascos y Cántabros y a los pueblos que habitan en las regiones circunvecinas”, bula citada). Y ello porque él conocía muy bien la unidad “natural” del Pueblo Vasco, y las consecuencias estratégicas que podrían derivarse de ella. Desde Bearne hasta las comunidades de Castilla, las libertades de todos estaban solidariamente entrelazadas, aunque en aquel entonces muchos, al igual que ocurre hoy en día, no lo vieran ni se percataran de ello. (Los servicios del hijo de Loiola, hundiendo esa estrategia en Gipuzkoa, habrían sido más útiles que sus proezas de Nájera y de Iruña. Puesto que, como ocurre a día de hoy, para someter el viejo Reino que había nacido y vivido en la libertad eran imprescindibles los auxiliares internos.)

La “donación” que el nuevo “Rey” de Nabarra había recibido (1512) del Santo Padre fue después “re-donada” por él (1515), y éste añadió el Reino de Nabarra como un reino más “en la corona real de los reinos de Castilla, León, Granada y otros”. Esta transferencia fue inmediatamente ratificada por el Santo Padre. Contrariamente a lo que tan frecuentemente se dice y escribe, el Estado Nabarro no fue incorporado ni al Reino de Castilla ni al de España (?). Ni tampoco organizaron ahí un Reino unido semejante a los Reinos de “Francia y de Navarra” o de “Gran Bretaña e Irlanda”, ni siquiera realizado por pura fuerza. Cuando los Ingleses establecieron el Reino de Gran Bretaña (1707), y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda (1800), se consiguió ese “asentimiento” de unos Parlamentos sometidos; en cambio, las fechorías en contra de la libertad del Estado Nabarro y del Pueblo Vasco jamás han sido aceptadas ni porvel Pueblo ni sus instituciones legales.

El rey Carlos I de Castilla, nieto del rey usurpador, “dejó” (1527-30) el trozo de Baja Nabarra en manos de un “falso” – según decía – Rey de Nabarra: Enrique III (“el sedicente rey de Nabarra” – ‘assertum Regem Navarrae –según estableció posteriormente el Papa Peretti – Sixto V – en un nuevo diploma fabricado en 1585) y de sus sucesores. Tras ser éste nombrado también Rey de Francia en 1589, su sucesor Luis II de Nabarra “ordenó” la unión de los dos reinos (1620) tras ocupar los territorios separados de Bearne y de Nabarra, con gran júbilo del Santo Padre. Por su parte, el siguiente sucesor Luis III de Nabarra (y XIV de Francia) “dejó” a los españoles la mayor parte del Estado por el Tratado de los Pirineos en 1659. Dar, coger, dejar, volver a coger, volver a dejar, que sí, que no... Según puede verse, en esos decretos y sobre todo en esos puros golpes de violencia nadie tomaba en cuenta la voluntad del pueblo. Y sin embargo, el País no era aquí – como sí lo era en otros muchos Estados – una “cosa” del Rey. “El pueblo no es del Rey, sino que el Rey es del pueblo.”

Mirando los famosos Diplomas (‘Pastor ille caelestis y Etsi ii qui Christiani, 1512; Exigit contumacium, 1513), hace ya tiempo que muchos estudiosos vascos han demostrado en sus investigaciones la falsedad y oscuridad, poniendo en evidencia que el Rey ladrón era un gran y perverso mentiroso. Aparecen así claros sus fundamentos y designios ideológicos: por un lado está el blanquear la Iglesia y el Santo Padre; y por otro, “el limpiar la culpa y el deshonor del Estado Nabarro”. Con respecto al blanqueo de la Iglesia ya tienen tarea: las nuevas falsedades no arreglarán nada excepto aumentar las malicias. En cuanto al Estado Nabarro, éste no tiene ninguna necesidad de ser limpiado, puesto que hizo lo que era necesario en favor de su libertad, personalidad e identidad.

Si esos estudiosos quieren poner de manifiesto que los Diplomas papales están llenos de falsedades, siendo el autor de las falsedades el mismo Santo Padre, hace ya mucho tiempo que no hay necesidad de perder un minuto para ello; no es preciso meterse en fastidiosos exámenes filológicos. Para pensar que el Rey ladrón hizo falsificaciones en asuntos del Santo Padre, la imaginación debe ser fértil, y la inclinación favorable. Siendo deleznables por igual tanto el meollo como el envoltorio de esas cartas, las ideas esenciales – que se ven tan claras como la luz – quien no quiere verlas, de todas formas no las verá. Al echar las culpas verdaderas o inventadas sobre el malvado Rey, los historiadores vascos muestran también otras, cuán celoso y cómo se percibía a sí mismo aquel político duro, rápido y severo, a diferencia de los defensores del Estado Nabarro. Habría sido mejor, una vez vistos y aprendidos los notables e instructivos ejemplos de las acciones del enemigo, el hacer públicos los deplorables fallos de los patriotas de antes y sobre todo de los de ahora.

Sea como fuere, puesto que no ha habido nada nuevo, está claro que la Iglesia sigue considerando legítimas las noticias y mandatos del Siglo XVI. No le vendría mal el ir pensando en la necesidad de confesar, organizarse y pedir perdón. Las donaciones de los Papas Segni (Inocencio III) y Della Rovere (Julio II) las ha subrayado y “mejorado” in situel germano Wojtyla en Loiola, Iruña, Jabier y Lourdes. Una y otra vez ha negado la Nación y el Estado de los Vascos de ayer y de hoy, tomando a los Vascos de entonces, al igual que los de hoy, como españoles o franceses. No sabemos si lo ha hecho por vía teológica, teleológica o de retroyección, puesto que no ha dado ni rastro de explicación. Sin embargo, ahí está siempre presente el problema de la legitimidad. Será cada vez más firme, puesto que el Pueblo no olvidará ni perdonará tales injurias mientras en la tierra de Nabarra permanezcan vivas unas briznas de dignidad. El desprecio “de los grandes y los santos” no cambiará nada, puesto que el respeto a los Pueblos es lo primero que exigen los valores de los verdaderos grandes y santos.



XIII – Falsificación ideológica de la realidad: un instrumento imprescindible para la dominación imperialista


Los vecinos Estados devoradores de pueblos se han lanzado una y otra vez contra el Pueblo Vasco y su Estado. Han pisoteado todos los derechos fundamentales, sobre todo el derecho de independencia de los Pueblos, “el primero de los derechos humanos y condición previa para el pleno disfrute de todos ellos”. Sobre estos crímenes abominables se asienta el dominio de españoles y los franceses. Esa verdad clara y evidente es la que los dominadores necesitan y quieren ocultar; aunque ello no sea cosa fácil, incluso teniendo el completo dominio que ha dado la violencia.

En la ideología del imperialismo y el fascismo, la propaganda y la guerra psicológica han anulado la verdad, engañando a las sociedades y dominándolas mejor. La falsedad y las mentiras, los mitos y las esencias previamente establecidas, las falsas hipóstasis, la petición de principio y la contradicción en los términos, la perversión del sentido preciso de los términos, y el desprecio completo de la lógica formal, constituyen su base. Al mismo tiempo, consiguen ensordecer, cegar, enloquecer y atontar a las personas mediante el ruido de su palabrería y las nubes de humo. No les faltan los medios necesarios para lavar e intoxicar las mentes de las grandes masas por medio de todo tipo de violencia criminal, al tener siempre de su parte los cañones y el monopolio de todos los mass-media. De ningún modo se debe confiar en quien posee todo el poder. Y es preciso no creer en las afirmaciones de quien, mediante la violencia, se ha adueñado del derecho de silenciar a los demás y de hablar solo.

A los historiadores imperialistas no les basta con ensalzar la situación del momento. Para asegurarse de que esta situación perdure para siempre, necesitan hacer creer que las cosas han sido así desde siempre. Presentando la esencia de las Naciones y los Estados “superiores” ‘sub specie aeternitatis, los devenires de la historia tienen poca importancia para ellos. Los Gobiernos creados hoy, proyectando hacia atrás conceptos y términos en la historia antigua, hacen surgir una nueva historia. La forma de proceder que llamamos “retroyección” es una verdadera plaga en el tratamiento de la historia, la cual abre la puerta para todo tipo de falsedades, pretexto tras pretexto.

Los eruditos oficiales del Gobierno español ni siquiera han sido capaces de dilucidar quién aplastó Gernika bajo las bombas. Cuando el General Franco culpó de ello a los patriotas vascos, aquellos sabios hombres de ciencia no le explicaron la verdad indudable de lo sucedido: una verdad que hasta el más humilde campesino vasco conocía. Quienes dicen estar siempre al lado de la paz y la verdad no le dijeron al General que era un esforzado mentiroso, mientras fomentaban e impulsaban su sangrienta Cruzada. Tampoco durante el largo periodo en que ensalzaban y bendecían su dominación; al igual que hoy en día siguen impulsando, fomentando, ensalzando y bendiciendo el resultado y la continuación que de aquello ha surgido.

Así pues, siendo como son capaces de difundir tales mentiras y falsedades sobre hechos que han ocurrido en el mismo tiempo y mundo en que vivimos, es fácil imaginar qué clase de mentiras dicen y dirán sobre lo ocurrido hace quinientos u ochocientos años. Muchas veces les bastaría y convendría más permanecer callados con el propósito de esconder lo ocurrido, y hacer callar a los demás. Si es necesario, no tienen el menor empacho en decir clara y abiertamente que “no deben explicarse hechos que perjudiquen la unidad nacional de Francia, aunque sean verdades plenas”. Lo mismo que ya se ha mencionado (Cap. VII) hizo aquel Rey de Francia hacen los historiadores actuales, con la intención de destruir la memoria de los seres humanos. Tales historiadores, aunque adopten el nombre de sabios no lo son en absoluto, ni siquiera personas honradas y dignas. Esos tales son fascistas empedernidos y repugnantes malhechores.

Ellos querrían tener todas las ventajas de su lado. Por una parte, mostrando una imagen aterradora; por otra, apareciendo como los padres y madres más cariñosos. Aplastando a los Pueblos mediante una completa violencia, y presentándose al mismo tiempo como los más queridos y afectuosos de todos, por la gracia de Dios o de la democracia. Los que difunden la mentira a boca llena, se muestran sin el menor pudor como maestros honestos y sabios; sin embargo, no tienen nada que decir sobre la verdad, la violencia, la paz o los derechos humanos.

Sin duda estos tales creen que nadie recuerda ya viejas historias como ésas, y que los muertos no hablan. Por cierto, también por eso y para eso han asesinado lo más posible. “Matadlos a todos, puesto que Dios conocerá a los suyos” (Béziers; 1209). A los que han quedado vivos los han silenciado atemorizándolos, desterrándolos o encerrándolos bajo llave. Con todo, parece muy difícil eliminar o silenciar a todo el mundo: mientras una sola persona permanezca aferrada a la verdad y a la libertad, no tienen ganada esta partida.



XIV – Constitucionalismo imperialista


Los Franceses volvieron a reconocer, en la Carta Constitucional del nuevo “Royaume de France et de Navarre” de 1814, que Nabarra no era Francia y que los Nabarros no eran Franceses. Más tarde (1830) de nuevo volvieron a rechazar de forma totalmente ilegal el reconocimiento de nuestro Estado.

En cambio los españoles, incluso después de haberlo ocupado y dividido, no se atrevieron a eliminar la situación y el título del Estado nabarro. Los gobernantes de España lo negaron en lugar de suprimirlo (“Estatuto Real de 1834”), con ocasión de una guerra inmisericorde. Tan sucio se les mostraba lo que realmente tenían que hacer, que prefirieron no mencionarlo “ni de nombre”, fundando la nueva Constitución sagrada de España sobre una completa mentira. Tantos cambios y falsedades explican por sí mismos hasta qué punto aparecían inaceptables e infundados los abominables ataques realizados en contra del Estado Nabarro.



Magazine


El fundamento de la ideología imperialista es el desprecio. Según la opinión de una pretendida nación superior, los pueblos que ella quiere dominar no tienen ni pizca de valor. Esos salvajes atrasados no son gentes dotadas de razón, ni siquiera saben hablar. En el mejor de los casos su sangre es inmunda; su idioma, desarticulado; su cultura, desdeñable; y su forma de vida, insoportable. Por tanto, al ser incapaces de valerse por sí mismos, no se los puede abandonar en tal situación. Por su propio bien deben ser sometidos. Incluso ellos mismos aceptan con gusto, solicitan y finalmente al parecer imponen la nueva situación milagrosa; son ellos sus verdaderos dominadores. Por otra parte, siendo como son débiles y atolondrados, de ninguna manera son capaces de afirmarse en una oposición.

Ahora bien, si las cosas no suceden según se ha dicho, entonces los opresores arden de irritación, afirmando que no es posible seguir así, que el problema debe ser liquidado sin tardanza, que esas bestias salvajes enloquecidas deben cuanto antes ser eliminadas, encarceladas o desterradas, haciendo venir y asentando en su lugar a nuevas gentes amables.

Los enemigos del Pueblo Vasco nunca han comprendido ni perdonado la persistencia de los Vascos en la defensa de su identidad y libertad. Quienes no se habían arrodillado ante los Imperios Sagrados, tampoco se arrodillaron en el camino de la Liga Santa de 1511 (formada por los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Monarquía Católica, Suiza, el Sacro Imperio Romano Germánico y el Reino de Inglaterra). Del mismo modo, tampoco se arrodillarían al aducirse el pretexto de las guerras santas contra musulmanes, reformados o rojos. Los opresores creyeron a menudo que tenían ganada la partida. Sin embargo, de vez en cuando se percatan de que los vascos tampoco se rendirán nunca, que jamás negarán su identidad ni su libertad; incluso aun cuando – al igual que sucede en todos los países ocupados – no falten estúpidos, traidores y renegados. En consecuencia, estos Estados superiores devoradores de pueblos entran una y otra vez en cólera. Conocemos bien las consecuencias.

Los enemigos de Euskal Herria nunca han entendido ni perdonado la actitud de los vascos, destinada a proteger su identidad y su libertad. Quienes no se arrodillaron ante los Imperios Sagrados no se arrodillaron en el camino de la Liga Santa. Tampoco se arrodillarían, del mismo modo, con el pretexto de las guerras santas contra musulmanes, reformados o rojos. Los dominadores a menudo creyeron haber ganado la partida. Sin embargo, de vez en cuando se dan cuenta de que los vascos tampoco se rendirán jamás, que nunca negarán su identidad ni su libertad, aunque, como en todos los países ocupados, no falten ingenuos, vendidos y renegados. Así pues, entran una y otra vez en cólera los reinos superiores devoradores de pueblos. Conocemos bien las consecuencias.

Por otra parte, una vez consolidadas las consecuencias de la guerra, esos Estados dejaban de lado en numerosísimas ocasiones el principio fundamental ‘ex injuria ius non oritur (“del acto ilícito no nace derecho”), poniendo en su lugar la afirmación ‘ex injuria ius oritur (“del acto ilícito surge derecho”). De este modo, los esfuerzos por recuperar los países ocupados quedaron debilitados.

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