El Sr. Carod-Rovira se esfuerza en vano para que un auditorio de españoles reconozca que su nombre propio es Josep-Lluis
El Sr. Carod-Rovira se esfuerza en vano para que un auditorio de españoles reconozca que su nombre propio es Josep-Lluis
Publican un vídeo en el que Josep-Lluís Carod-Rovira está hablando a unos españoles que se niegan a llamarlo por su nombre catalán.
Mi comentario al video:
La disposición general del escenario: con el Sr. Carod Rovira de pie sobre el suelo de una especie de aula, mientras frente a él tiene unas hileras de asientos muy elevados por encima de él que están ocupados por quienes le hablan, me recuerda al Tribunal de la Inquisición, en los que los jueces estaban sentados muy por encima del acusado (y prácticamente condenado), el cual quedaba abatido por debajo de los pies de sus “jueces”. En cualquier caso, he aquí un “debate” llamativo, por ser revelador tanto de la realidad sociológica del Nacionalismo español, así como del error fundamental del Sr. Carod Rovira al creer que es posible dialogar con tales oponentes. Pero vayamos por partes.
En primer lugar está la actitud del público. Vemos que, de forma obstinada y como lo más natural del mundo, las dos personas que toman la palabra se niegan a admitir el nombre de su interlocutor haciendo así imposible de entrada cualquier diálogo, puesto que éste tiene por condición el reconocimiento y respeto del otro. Al no estar dispuestos a admitir ni siquiera el nombre propio del otro (quien por su parte no está dispuesto a seguir adelante con esa falta de respeto), ahí se acaba todo el diálogo. Ésta es la posibilidad de un “diálogo” con el Nacionalismo imperialista español.
Lo más llamativo es que la negativa a reconocer el nombre auténtico del Sr. Carod, y la decisión de transformarlo en su versión al Español como José Luis (algo que surge espontáneamente en sus interlocutores y que es mantenida de forma obstinada por ellos, a pesar de la reiterada petición del Sr. Carod de ser llamado por su propio nombre), se corresponde de forma perfectamente natural con la prohibición franquista de los nombres catalanes y vascos una vez ganada la guerra, y con la obligatoriedad de trasladarlos a su fonética o significado en Español.
Es decir, no es cierto que las leyes de Franco sobre este asunto impusieron esa inadmisible prohibición-obligatoriedad porque ello fuera consecuencia de la perversidad de aquel dictador, sino que se limitaron a implementar como legal y obligatorio algo que simplemente era una realidad sociológica profundamente enraizada entre la generalidad de los Españoles; los cuales, casi ochenta años después de terminada la guerra, no sólo se niegan a admitir la alteridad de Vascos y Catalanes sino que no soportan sus nombres ni la fonética de sus nombres. Una vez más: “el Nacionalismo imperialista español no es producto del Franquismo; bien al contrario, el Franquismo es producto del Nacionalismo imperialista español”.
Por otra parte, es sorprendente cómo tanto el chico que habla el primero, como la señora que va a continuación, falsean de forma natural e instintiva – y desde luego en su propio beneficio – el inesperado debate creado sobre el nombre. Cuando Carod le pide al primero que respete su nombre, él se escapa de su petición diciendo “bueno, es que yo no entiendo Catalán”. En ese momento Carod contesta muy bien diciendo que no es necesario entender Catalán para decir bien su nombre, lo cual es evidente y debería haber bastado: no es necesario entender inglés para llamar al Presidente norteamericano Donald y no Donaldo, y a otro anterior Ronald y no Ronaldo; o al Presidente ruso Vladímir y no Vladimiro; pero para ese mozo todo esto es música celestial. Él quiere llamarlo con un nombre español porque considera que el Sr. Carod es español y punto. Y el descarado de él aclara que él – Carod – puede llamarse como quiera (siendo así que Josep Lluís no tuvo nada que ver con la elección de su nombre puesto que se lo pusieron sus padres, y así quedó anotado en algún registro), pero negándose a pronunciar su nombre.
Y al pedirle lo mismo: que respete su nombre, a la señora que interviene a continuación (la cual comienza desde el principio con la misma provocación de cambiarlo de entrada), ella contesta diciendo que no tiene “ningún interés por aprender Catalán”, y se sienta sin preguntarle nada puesto que no está dispuesta a “pasar por el aro” de respetar su nombre. He ahí el resultado del “diálogo” con los nacional-imperialistas españoles, quienes no es que no estén dispuestos a “aprender Catalán”; es que no están dispuestos ni a soportar su fonética en un nombre propio.
Pero, en mi opinión, lo más lamentable de todo es que el Sr. Carod se preste y se presente en ese programa, o que siga en él ante esas faltas de respeto, porque finalmente es él quien pierde de vista la realidad y quien lamentablemente se pierde en esa situación: “si Vds. no quieren aprender Catalán… no saben lo que se pierden”, les dice. En este punto, es él quien a su vez falsea el debate; si bien, totalmente al contrario que sus oponentes, lo hace para su propio perjuicio y ocultando la intransigencia de sus interlocutores. Porque la cuestión no es que los Españoles no quieran aprender Catalán, como él equivocadamente les reprocha (ya que tienen perfecto derecho a no aprenderlo), sino que no quieren ni pronunciar un nombre catalán. Y tampoco es que no puedan pronunciarlo, como él les reprocha, ES QUE NO QUIEREN.
No es posible que él crea de verdad que esas personas – que según él les dice son capaces de decir Schwarzenegger o Shevarnadze – no son capaces de pronunciar Josep Lluís. Sin embargo, esto es lo que les dice, argumentando – en favor de ellos – como si de verdad se tratara para ellos de una dificultad real que quizás no se molestan en vencer, en vez de poner en evidencia la realidad, a saber: que ellos no tienen la menor dificultad en pronunciar su nombre, sino que pura y simplemente NO QUIEREN admitir un nombre catalán. Los pretendidamente abanderados de la “tolerancia”, el “respeto” y la “diversidad” (trucos que esconden la intransigencia nacionalista y fascista española, que continúa intacta en el Segundo Franquismo) no admiten siquiera pronunciar su nombre catalán. Con su negativa a admitirlo, lo que ellos están haciendo de forma instintiva, natural y desde lo más profundo de su mente secularmente nacional-imperialista, es afirmar simplemente que él es Español y que “por tanto” debe admitir un nombre español. Si él fuera Inglés o Alemán, entonces admitirían su nombre; pero puesto que según ellos es Español, entonces tienen perfecto derecho a llamarlo como a un Español, o sea: José Luis.
Entonces, la situación es justamente al revés de como la plantea el Sr. Carod, es decir: “si después de trescientos años los Catalanes no han aprendido todavía que para los Españoles ellos son Españoles; que su lengua propia es el Español; y que sus nombres deben ser españoles, entonces son los Catalanes quienes tienen un problema, no los Españoles”. Los Españoles tiene otro, por supuesto, a saber: cómo mantener su imperio, y cómo seguir engañando y dominando a Pueblos que quieren liberarse de ellos; y, aunque ciertamente es un problema que los repatea, sin embargo “a su manera” lo van resolviendo. En cambio, el problema de Catalanes y Vascos estriba en si son o no capaces de comprender la naturaleza del Nacionalismo imperialista de los españoles, y en reconocerlos como tales, puesto que es imposible resolver un problema cuya naturaleza uno desconoce o se niega a ver. El problema se concreta en dar respuesta adecuada a esta cuestión: ¿cómo librarse de la bota que nos está pisando el cuello? Porque está bien claro que es imposible librarse de una enfermedad o de un problema cuando no se conoce o admite la naturaleza de ese problema.
En otras palabras ¿está seguro el Sr. Carod Rovira de que él comprende la naturaleza del imperialismo; y de que acudir a un plató de la tele (o de la radio) española en cualquiera de sus cadenas/formatos, sin tener la menor garantía de un respeto mínimo, es un procedimiento adecuado para liberarse de él? En mi opinión, esto que él hace pone en evidencia que ha perdido de vista la realidad política en la que vive, y así admite meterse él mismo en medio de los leones para curiosidad y diversión de la audiencia. En la naturaleza se producen a veces fenómenos parecidos. Por ejemplo los antílopes, que instintivamente ven a los felinos como un peligro mortal y escapan inmediatamente de ellos, conviven sin embargo en la proximidad de los babuinos sin alejarse, y son incapaces de percibirlos como los carnívoros e igualmente peligros mortales que para ellos son. Estos patéticos y vanos esfuerzos del Sr. Carod, por conseguir que los Nacionalistas españoles respeten su nombre, evocan la imagen de un antílope tratando de congraciarse inútilmente con unos babuinos subidos en sus ramas. Su incapacidad para comprender la realidad del imperialismo parece correr pareja con la de su jefe de filas el Sr. Junqueras. Lamentable.
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